Distracciones
Me desperté
temprano como cada día y me distraje en mis rutinas, esas cosas que ocupan casi
todo tu tiempo, pero una minúscula parte de tu alma. Mi vida reducida a intrascendentes,
bañarme, secarme el pelo, ponerme crema y perfume. Mientras me vestía pensaba en la
reunión que tendría un rato más tarde sobre pautas de trabajo y reajuste de
honorarios.
Volví a mí,
y fui juntando por el camino los últimos detalles faltantes para iniciar el día
de trabajo, zapatos, accesorios, y el celular… Una notificación.
Había
desviado mi atención un largo rato de lo que, desde la noche anterior, me tenía
preocupada. Una leída previa de la pantalla:
las pruebas habían dado positivo. Ahí estaba el cáncer por segunda vez en mi
vida, como el dragón de la torre acechando en la ventana y recordándome que la
vida no perdona distracciones.
La conocí de
pasada a los 12 años. Trencitas coloradas y pecas, en una parada de colectivo
entre el centro y las quintas donde festejábamos el día de la primavera. Sin
embargo no fuimos verdaderas amigas hasta muchos años después, cuando un mismo amor nos hizo coincidir: correr.
Voluptuosa,
divertida, única en su esencia, con su sonrisa amplia y su mirada bonachona, se
transformó en un pilar para mí a los pocos kilómetros. La sentía carne de mi
carne. Ella era como un espejo, esos de los parques que te devuelven una imagen
diferente, pero espejo al fin. En sus luchas, en sus enojos y pasiones podía
verme reflejada. Era encontrarla y respirar mejor, reír, llorar, soñar y
proyectar. Hacer terapia en movimiento. Era admirar sus facetas, como piezas de
arte que no entendés del todo, pero te gustan.
En un
suspiro ella se había transformado en mi mapa, en mi número de consultas, mi
libro de quejas, mi película cómica para las horas de rescate, en mi kit de
supervivencia, en mi voz de la verdad, en mi compañera de aventuras, en la
máscara de oxígeno para los vuelos entre huracanes. Así que cuando recibí la
noticia me desmoroné. Sentí pánico, angustia
y frustración de tener que compartirla con esa enfermedad. Me dolió no ser dueñas
de nuestros tiempos, nuestros espacios ni proyectos.
Le hubiera
gritado “¡mandemos todo al carajo vida
injusta! Huyamos y que nos busquen con perros entrenados, volemos el puente que
nos mantiene unidas a la realidad y desquiciémonos entre charlas y rezos, entre
amaneceres y lunas llenas”. Pero había que quedarse, aceptar la realidad,
dar pelea y ganarla. No había cara B.
Luego del miedo –y las ganas de huir- pasé por la etapa del enojo, la del dolor, la frustración, la aceptación, no sé bien el orden. Hasta que volvió la esperanza y más tarde la certeza de su curación, fue un verdadero suplicio.
Esto era algo que le pasaba a ella, sin
embargo entendí que el dolor de otros, de alguna manera, también es algo que
nos pasa a nosotros, algo con lo que debemos lidiar. Algo que nos estruja, nos
sacude, nos cambia los planes, las prioridades y el foco. Nos obliga a ser
fuertes, corrernos del centro y poner en primer plano al otro y sus
necesidades, estar como podamos o como nos dejen estar. A veces estar sin hacer
nada o intentándolo todo, tampoco
importa demasiado. Estar como un grito de guerra, de rebeldía contra lo
impuesto. Estar por necesidad, para drenar por goteo el amor que les tenemos,
que hacen crecer como manantiales espontáneos que ni sabíamos
que llevábamos adentro, pero que no hay dique que contenga, enfermedad que mate,
ni distracción que valga.

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