En la inmensidad nos encontramos
Olivia miró por la ventana buscando un poco de inspiración. La lluvia golpeaba copiosa e insistente sobre el vidrio. Las gotas formaban dibujos sobre él, se unían en pequeños ríos que bajaban zigzagueantes. Había estado toda la mañana dispersa, intentando concentrarse en su trabajo sin lograrlo. Miró el monitor, luego nuevamente la ventana, respiró hondo y cerró la laptop. Se puso gorra, zapatillas y salió a trotar por el asfalto mojado junto al río, con una sonrisa colgada en la mirada. La calle hablaba de soledad.
Dejó que su cabeza flotara dispersa entre
las tareas pendientes, y poco a poco, fue cayendo en un pensamiento que la
venía acompañando los últimos meses. Todo había comenzado como un juego. Hubo,
como en cualquier historia, una primera vez, una que desencadenó la serie de
causas y efectos que se sucederían a partir de ese fortuito encuentro. Fue un
día cualquiera, a la salida del gimnasio, en que se cruzaron y se miraron con
intensión y alevosía, “culpables” -sentenció Olivia para sus
adentros con una sonrisa-
Él también era corredor, pero mucho más
experimentado que ella y varios años mayor. Desde ese día no pasaría
inadvertido para Oli. Su intensidad y hasta su descaro, lejos de irritarla la
fascinaron. Era verlo pasar, recibir su atención y dedicar semanas a rememorar
el instante, con el único objetivo de distraerse de otras cosas que prefería no
pensar. Hasta que de tanto pensarlo, se fue transformando en algo más.
Un día Martín, se animó a saludarla desde
lejos y ella creyó ver estrellas sobrevolando entre los dos. No podía creer que
a sus casi 30 años y con tantas desilusiones amorosas vividas, quedaran partes
tan intactas en su corazón, capaces de ilusionarse y de sentir a ese nivel.
Podía perder la capacidad de caminar o de respirar cuando lo cruzaba. Parecía
cosa del destino pensarlo y encontrarlo, una y otra vez. Y este día no sería la
excepción.
Siguió corriendo a la vera del río, hasta
llegar a un anfiteatro donde se dedicaría a subir y bajar las escaleras. Al
poco tiempo desde la explanada superior lo vio llegar, no había nadie más
excepto él bajo un manto gris de agua y bruma, impecable, implacable. Parecía
dirigirse directo a donde ella estaba. El corazón se le detuvo por un instante
y con dificultad comenzó a bajar, no sin miedo a enredarse y rodar por las
escaleras.
La distancia lo hacía pequeño, pero era
inmenso para Oli. Corrió hacia a él en forma involuntaria, como dejando que sus
pies la llevaran, pero cuando estuvo casi enfrente, se dio cuenta de lo que
estaba haciendo y giró en dirección a la calle paralela al rio. Lo saludó desde
lejos con la mano y siguió corriendo.
Podría no haber vuelto a ese sector donde
él estaba, pero decidió hacerlo. En su plan tenía escrito “circuito de
subidas, bajadas y escaleras” y ese era el mejor lugar. Nada era a
propósito, sólo era el destino y un compromiso tácito de entrenar “a
rajatabla”. Se convenció de que hacía lo correcto.
Al volver lo encontró parado de espaldas,
y otra vez casi sin meditarlo se acercó y lo saludó con un beso. Seguramente
debería haber seguido de largo, pero para ella él era como un camino conocido,
ese que se hace sin pensar.
Hablaron dos o tres palabras y se alejó.
Pero siguió en el mismo circuito y cada vez que volvía él continuaba ahí. En la
última vuelta Martín le habló: “me falta la capucha y parezco Rocky” –le
dijo- “lo sos para mi, I, II, III, IV, V, VI y VII” –pensó
Olivia- pero sólo sonrió y le dijo una frase que había estado pensando mientras
corría y que lamentaba no habérsela dicho antes: “este día es para
nosotros, que nos gusta correr bajo la lluvia” Todo lo demás fue como
abrir un grifo, constante, simple, fácil y ordenado. “¿Querés que trotemos?”
-le dijo ella escapándole al frio- Eso hicieron, eso y hablar mucho.
Oli se sorprendió de poder conversar con
él como si se conocieran de siempre. Podían hablar sin necesidad de explicarse.
Él era sutil, elocuente y ameno. Algo se encendió dentro de ella.
Ese encuentro fue un regalo que le costó
días de insomnio. Pensó en él con esperanza y sin ella. Lo mantuvo en su mente
día tras día, sabiendo que podía no volver a verlo. Pero ella no era Dios para
conocer el futuro y decidió resistir su ausencia y el fuerte deseo de volver a
encontrarlo sin buscarlo, en aquella inmensidad llamada vida.

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