El Tanque de Desgracias
Marisol se despertó tumbada en el baño. Le dolía la cabeza. Desde abajo el techo se revelaba por demás de sucio y deteriorado. En ese momento comprendió que su vida era un desastre. Todo estaba de cabeza así como ella, sólo que en su vida el techo la oprimía constantemente, le cortaba la respiración.
Se levantó como pudo sosteniéndose del sanitario, se mareó, y una gota de sangre rebotó sobre la loza. “No puede ser, me voy a morir. Tal vez sea lo mejor, tal vez si me quedo tendida un rato más, tal vez no haga falta pensar”, se rió, tal vez, era demasiado drama.
Cerró la ducha, “¿cuánto tiempo habrá estado corriendo? ¿a quién le importa imbécil?” -se prepoteó- Y lloró más que la ducha, sin la suerte de vaciar su tanque de desgracias que parecía no tener fin.
Con sus 14 años se sentía desbastada, sola en el mundo con un millón de habitantes en su casa. ¿Eran habitantes o eran zombies come cerebros? como le gustaba llamarlos. “Ojalá lo fueran –bromeó- al menos podría acabar con ellos”. En su vida no había salida. Dios la había abandonado hacía tiempo y a ella sus días se le habían transformado en un campo de extermino. Era esclava del malestar y la desidia de quien sabe cuántos mal paridos. El mundo era hostil y lo había aprendido demasiado rápido
Como pudo se limpió y salió. Abrió la puerta aun mareada, con una toalla en la cabeza para tapar el golpe, su hermano menor entró corriendo, “¡ya era hora!” -le dijo de mal modo-
Caminó a su cuarto con actitud vencida, volvió a escribir en su diario una última página, maldijo en varios idiomas y lo cerró. “Nunca más, nunca más, nunca más”, se repitió. Pasó por la habitación de su hermano y le robó un cigarrillo antes de ir a la terraza. Una vez allí se trepó hasta la parte más alta de la casa, sobre el techo, debajo del tanque de agua, y ahí se quedó, segura de que nadie podría encontrarla, prendió el cigarrillo y lo fumó, no era el primero, no sería el último, no quería vivir, ya estaba perdida.
40 años después quizá la vida sería más justa, quizás cumpliera sus sueños o quizás la seguiría golpeando. Se preguntó quién distribuye las gracias y desgracias en el mundo, y porqué es tan injusta esa repartija.
Las manos atadas, la cabeza improductiva, solo una masa amorfa de pensamientos que nunca la llevarían a nada, y la soledad, esa soledad que agobia. Y una pregunta recurrente: “¿a quién le importa? ¿a quién le importo?” "Sobrevivir, de eso se trata. Ojalá valga la pena."

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