Resplandeciente





1

“Algunas noches como ésta, tan sólo me calma el dolor de no tenerte, dejarme caer”


        Me desperté sobresaltada en la habitación de una clínica con esa frase en mi cabeza. Con el instinto de volcarla en algún lado, elijo mi celular. Intento moverme pero no puedo, siento como si la gravedad ejerciera sobre mí un efecto desproporcionado, fundiéndome con el colchón. Hoy no puedo. No existo.

        Y tu recuerdo palpitante, oprimiéndome, dejando al descubierto tu ausencia. Y entonces aparecen las imágenes. Otra vez estaba soñando con vos:


Me mirabas y yo te decía que te amaba, te derretías ante aquellas simples palabras y me pedías que te las repitiera. Te sonreían los ojos, y en mi mente ¿tal vez lo decía a viva voz? La pregunta: ¿entonces no te fuiste? Yo también sonreía con los ojos y la cara toda, te abrazaba suave, como flotando a tu alrededor y te repetía al oído casi en un susurro, “te amo, sí, no ha pasado un segundo sin pensarte. Separarme de vos ha sido una paulatina caída que por momentos cobraba velocidad” Y así a borbotones, te contaba uno tras otro mis padeceres desde tu partida.


Igual que el día que nos conocimos, el sol te daba de atrás y te volvías resplande-ciente. Habíamos tenido una emergencia y vos nos asistías, sutil como estando apenas, pero llenándolo todo. Recuerdo al final tu mirada cargada de tristeza, desdibujada bajo una media sonrisa. Recuerdo mi temor, mi súplica silenciosa y nuestras miradas, diciéndonos todo eso que no era posible poner en palabras.

        Al despertarme voy acomodando lentamente las ideas, hilando los fragmentos para fijar las imágenes. Hacía tanto tiempo que te anhelaba, que me sentía como una alcohólica reincidente, tan sólo tenía una gota de vos y quería saborearla.

       Entiendo que tu tristeza era porque no podías salvarnos de nuestros destinos, de este sufrimiento. Pero ¿quién decide sobre la vida y la muerte? ¿Dónde se compran o devuelven los boletos de este viaje en el que nos ponen sin aviso y nos sacan sin esperarlo? donde nos arrancan a jirones trozos de vida y los desparraman en los desiertos más agrestes, sin oasis ni refugios, en el infierno de los infiernos, tan sólo un largo peregrinar que termina con nuestras voluntades antes que con nuestras vidas.

        Demasiadas veces he deseado morir, muchas más he reconocido mi propia muerte en vida, ese letargo temerario donde lo único que despierta felicidad es saber que al llegar la noche el día también morirá y que luego de sucesivas muertes y nacimientos, también así, llegará mi fin.

        En el mar de mis lamentos me ahogo. Si la pesadilla que es mi vida y tu partida tuvieran un final, entonces quizá recobraría el sentido. Soy un insomne a destiempo, cada día es una larga noche, sin comienzo ni final.

        Ahora entiendo que caer en la realidad no fue suficiente para morir. Ni la altura de mi salto. Que mi vida es un chiste que sólo hace reír a los malvados. Te hablo sin esperar respuesta. Sin saber qué visión es más tortuosa: la que ven mis ojos, o la que siente mi alma. Desearía que tomaras mi mano y me llevaras con vos. Pero estoy atada de pies y manos, literal y metafóricamente. Y el tiempo que me devana lentamente, lastimándome sin matar. Es irónico y cruel. Porque la muerte no duele, pero esta lenta agonía duele demasiado y se ensaña en mostrarme que estoy viva, como si eso fuese un bien preciado.

 

 

2

El pasado viene por oleadas como el mar. Nos conocimos por descuido, suelo serlo, descuidada. Entré en aquella librería sobrecargada, con mil cosas en las manos, paraguas, carpetas, dos o tres libros, una compra de almuerzo de último momento y hasta la comida del pez que estaba por acabarse. Me había enamorado de la cubierta de aquel libro sin poder evitar entrar y leer la contratapa. Nunca imaginé que me enamoraría de algo más en aquel instante. Recuerdo que el libro se trataba sobre un naufragio. Lo dejé nuevamente en su estante y salí apurada como siempre, dejando en el piso, junto a aquella estantería, uno de los bolsos que traía.

A los pocos metros caminados me di vuelta en seco recordando mi olvido y realicé ese típico gesto que tanto te hacía reír: miré al cielo, me golpeé la cabeza y gesticulé exageradamente con mis manos quejándome de mi torpeza, como si nadie más en el mundo existiera, ni pudiera verme. Pero cuando bajé la mirada ahí estabas vos, con mis cosas entre tus manos, sonriéndome, como si me conocieras de siempre. Me derretiste con tu mirada y tu paciencia, parecía hacerte gracia mi escenita y mi sonsera, y te amé irremediablemente por eso. Recorriste los pasos que nos separaban y me dijiste que te alegraba encontrarme. Seguro viste mi cara de desconcierto porque inmediatamente agregaste que me estabas buscando, que hacía una vida que me esperabas. Me reí obviamente era una broma ¿o no? ¿Pudiera ser que ese golpe seco que sentí al verte también lo hubieras sentido vos?

En mis 33 años de vida, de ilusiones y desilusiones, de príncipes devenidos a sapos y de sapos que jamás se transformaron en nada, vos eras como una gota de agua en el desierto, tan mío, tan para mí. Te escribo, te recuerdo y no puedo evitar llorar, explícame ¿cómo fue que te perdí? ¿Por qué el universo rompe algo tan perfecto, tan mágico, con tanto insufrible por ahí, tanto patético poco hombre? ¿Por qué vos, si yo te necesito tanto? ¿Por qué vos, si hacías más bello el mundo y por encima de todo el mío? Y ahora, como en los cuentos de hadas tomados por la bruja mala, todo es gris y oscuro, ya no hay sol ni verdes praderas coloridas con flores multicolores salpicadas aquí y allá, el mar se congeló y no hay vida ni oxígeno para respirar, todo duerme y despierta sólo para doler en su eterno letargo. Me niego y me resisto a creerlo. Quiero volver a dormir y soñar con vos, con que aún lo nuestro es posible.


3

Hoy vino nuestro hijo, me mirás a través de él. Puedo verte al fondo de sus ojos y en cambio no puedo contener las lágrimas, ni mantener la mirada. Tan pequeño, tan vulnerable. ¿Cómo he podido hacerle esto? En su enorme inocencia reside su perdón. Él no me juzga, sólo me ama, me estira sus bracitos y me habla. Lo escucho como a través de una mampara y decido mirar a la ventana, temo que el frio de mi alma lo congele y muera de hipotermia.   

Soy su madre, lo sé, me necesita. Pero no es verdad, no es como yo creía que el amor de una madre todo lo puede. No me resucita, sólo me duele y me llena de culpa y miedo.

Con tu partida también se fue la esperanza. Nada es perdurable, ni justo, ni bueno. No hay anestesia para este dolor. Quisiera abrirme el pecho y arrancarme el corazón. Mirarlo hasta asegurarme que dejó de latir y disfrutar de ese agujero en mí que ya no sangra, ni palpita, ni siente. Quisiera ser una autómata, una masa informe que cumpla sus funciones sin esperar nada, sin esperarte al menos. Sé que nos volveremos a ver, ojalá hubiera podido abreviar los tiempos.

 “Tenés que ser fuerte y ponerte bien por tu hijo”. Odio las voces y los rostros de aquellos comedidos que se atreven siquiera a mencionarlo. ¿Quiénes son ellos para opinar? ¿Para decirme qué pensar, cómo sentirme o porqué vivir? ¿No ven el terror que corre por mis venas?,  porque sangre ya no tengo, sólo ese líquido verde llamado desasosiego. No pude retenerte ¿quién me garantiza que podré cuidar de él? ¿Que viviremos para contarlo? No hay garantías. No basta con una pérdida. La desgracia pareciera no detenerse y arrasar todo a su paso. Siempre pensé que la realidad superaba la ficción, pero ¿quién es el autor de esta estúpida y sin sentido película de terror llamada vida? Es tan patético el guión, tan cruento que resulta inverosímil. Si tuviera un control remoto haría zapping, aunque no hay película que quiera ver si no estás a mi lado.

 


4

Entre café y café aquel primer día, me fuiste contando trozos de tu vida. Que habías estudiado de grande, que tu mamá te crió solo, que murió joven en un accidente doméstico, y que trabajaste para pagar tu vida y tus estudios. Que siempre te gustaron los animales y que al jubilarte viajarías a África para terminar tus días en aquellos atardeceres amarillo-naranjas. Amabas la vida, a pesar de todo lo que habías pasado. Eso sacudió mi estructura por completo y arrancó las matas de hierba mala que crecían entre mis abandonados rosales. Eso viste vos en mí, mis rosas. Me decías que era tu flor, yo me sentía apenas una espina. Me volviste a la vida, a tu lado florecí.

Como cierre me dijiste que habías venido a este mundo con una misión: encontrarme. Y con un defecto congénito que no te permitía más planes que el presente. En ese momento no me importó, para mí cada segundo a tu lado valía la pena y lo hubiera cambiado por una eternidad. Igualmente confieso que se me hacía inevitable entretejer sueños o verme envejeciendo a tu lado en aquellos “atardeceres amarillo-naranjas”. ¿Y cómo no hacerlo? si la sola posibilidad de no tenerte era un tormento. No importaba cuánto lloviera, siempre había sol en tu mirada.



5

Al poco tiempo de conocernos nos fuimos a vivir a tu casa. Abandoné el departamento pequeño que alquilaba en el edificio cercano a la librería donde nos conocimos. Traje un puñado de libros, toda mi ropa, y una lista de pendientes, entre ellos finalizar mi tesis y alcanzar mi título de posgrado en literatura infantil.

A tu lado aprendí a ser. Era tan simple ser con vos que hasta lograste que me enamorara de mí. Me gustaba verme en el espejo de tus ojos bondadosos. Creías en mí, en mis sueños y en mis proyectos. Eras el primero en conocerlos. Amaba contarte porque al escucharme te brillaban los ojos como si ya los vieras realizados. Entonces agarrabas tu cuaderno y empezabas a anotar ideas, estrategias, objetivos. Eras mi cable a tierra pero también mi motor a propulsión “El cielo es tu limite Mili. Sueña alto. Yo seré tu red de seguridad y tu cómplice. Todo va a estar bien” Y mientras más libre me sentía para hacer y explorar fuera de mis limites, más te amaba y más te pertenecía, como jamás le había pertenecido a nadie.

Pasamos meses acondicionando la casa, resolviste pedir un crédito para ampliarla porque querías llenarla de hijos. “Bueno no tantos, quizás uno basta para llenarla” te decía entre asustada y divertida. Solías besarme larga y apasionadamente cuando te lo decía, tomando mi cara entre tus manos, suave, sin tiempo. Eso me encantaba de vos, parecías jamás estar apurado, el tiempo era tu aliado y mi enemigo, o eso creía yo. Vos lo dominabas con la habilidad de un maestro zen. A mí se me escurría inevitablemente. Iba de un lado al otro, tratando de cumplir con todo y todos, pero siempre llegaba tarde y no había un minuto que me sobrara. En cambio a tu lado parecía detenerse. Te gustaba levantarte temprano para desayunar tranquilo, salir antes de casa cuando teníamos un compromiso para ir caminando despacio conmigo de la mano. Decías que era para presumirme, pero yo sabía que tenías esa capacidad adquirida con estricto autocontrol de desgranar las horas en minutos y los minutos en segundos, en pequeños bocaditos lentamente saboreados, para que nada se te perdiera de disfrutar, ni una mirada, ni una conversación, ni un paisaje. Como quien prepara con ánimo una maleta y no quiere olvidarse de nada. Creo que vos la abrías periódicamente y te fijabas qué le faltaba, porque siempre venías a mí diciendo que debíamos hacer esto o aquello, conocer tal lugar, o visitar a tal amigo, o iniciar alguna actividad diferente. Querías comerte el mundo y yo quería comerte a vos. Eras tan lindo, recuerdo como juntabas las manos y te echabas hacia atrás, riéndote e iluminando todo a tu alrededor cada vez que te lo decía y devorándome de amor con la mirada.

No parecías de este mundo. Cabe la posibilidad que ciertas cruces, inevitablemente nos transformen en personas superiores para poder llevarlas, en lugar de caer aplastadas bajo su peso. Vos te transformaste y yo pude disfrutarlo. Quizás algo haya aprendido de nuestro tiempo, eso me gustaría pensar, sólo que no me preparó para la que después me tocaría a mí. No te miento cuando te digo que mil veces habría cambiado de lugar con vos, obvio que daría mi vida por vos ¿qué mérito tiene? De quedarse sólo uno de nosotros, para mí, para Noa y para el mundo entero, hubiese sido mejor que fueras vos.

 

6

Hacía frio, un frio que helaba la sangre, el frio de tu piel entre mis manos. Vos inerte sobre la playa, yo culpándome y maldiciendo. Malditas vacaciones, maldito día de playa, maldito amor incapaz de revivirte. Te besé tantas veces como pude pero nada te despertaba de tu sueño, ni te volvía a la vida.

Lo sabía desde el primer día, sin embargo no lo creí realmente. Nunca concebí la idea de perderte. El universo se había encargado de cruzarnos, sin dudas era para algo bueno. Una mirada tuya bastó para rescatarme y derrumbar mis murallas. Y después estaba Noa la más perfecta combinación genética de entre billones de posibilidades, fruto de noches de entrega y de sueños trasnochados donde nos imaginábamos su carita o el color de su pelo. Había sido todo lo pensado e infinitamente más. No hay mente tan avispada que pueda concebir semejante milagro, una ínfima parte tuya y mía, apenas dos células entremezcladas dando vida a un ser completo en todos sus detalles. Recuerdo que los primeros días, cada vez que se despertaba tomabas su pequeña mano y te emocionabas. ¿Sería porque temías no verlo crecer? Si en eso pensabas nunca me lo dijiste.

Sé que lo sabías, que el tiempo se acababa. No querías hacerme sufrir, te sentías impotente y desarmado ante mi mirada inquisidora. Quería preguntarte pero no me atrevía, pensaba que no iba a soportar la respuesta. Quería animarte, pero temía quebrarme antes de siquiera abrir la boca. Y te dejaba ir hacia otros pensamientos más bellos, como si negar la realidad bastase para no padecerla. Pero ahí estaba acechante.


7

Desnuda mi alma en la playa, en aquel anochecer que jamás amaneció. Ahí estaba yo junto a vos, en carne viva. El agua caía a través de mi rostro sin barreras. Me quedé viendo como todo oscurecía, creía yo, para siempre. Hubiera deseado ser tu “Súper Chica”, girar el mundo en dirección opuesta y tener otro tiempo con vos, quizás encontrarte antes, o disfrutarte más, ser tu sombra y tu aire entrando y saliendo como ese que ahora no lo hacía. Y el mundo en cambio seguía girando indiferente hacia el mismo lado de siempre. No lo entiendo ¿es que jamás se detiene? ¿Es inmune a todo? ¿Incapaz de solidarizarse? ¿Acaso no podía engullirnos juntos en esa misma posición? ¿Fosilizarnos en una eterna escultura en honor al amor humano? ¿Podía ser tan mezquino y mirar hacia otro lado? ¿Podía el mar sentir deseos de seguir haciendo olas? ¿Con qué fin? Si jamás podría volver a mecernos. Pensé en arrastrarte hasta el mar y dejar que nos lleve, pero temí volver a perderte y que terminemos ambos en el fondo pero separados, o que ese vano espíritu de supervivencia a último momento se arrepintiera y me sacara a flote. Temí no ser capaz de morir de amor.

Me sentía coja, mutilada en la parte que más necesitaba. No puedo pensarlo sin desgarrarme. Volver a ese momento es revivirlo, pero revivir el momento y no a vos, es un puñal que me mata en cámara lenta, profundo, muy profundo.

          Con el día que no vi, llegó la gente y las ambulancias. Me negué a sentir por varios días, semanas, meses, no puedo especificar. Sé que pasó el tiempo, lo sé por los dibujos que Noa iba dejando en nuestro cuarto, en todas las paredes, “ojalá pudiera dibujarme una sonrisa, o a vos a mi lado” -pensaba- y comenzaba a llorar.

            En plena primavera me había deshojado, mientras el mundo se llenaba de colores. Me sentía resentida con el sol porque se fue cuando más viento sur había, dolida porque los pájaros eligieron otras ramas más verdes donde hacer nido. Resignada, porque sé que no se puede vivir al revés del mundo, o si, pero muriendo lentamente en el intento. Sólo me quedaba adaptarme, minimizar los daños, prepararme para un largo tiempo de días gélidos y resguardarme en la corteza semiconsciente de mi entorno. Inalterable, como ausente, haciendo lo posible para vivir sin vivir y morir sin que se note, a la espera de que un día, como por arte de magia, dejaras de dolerme. Y Dios sabe que lo intenté.

         De a poco fui haciendo espacio para los instantes de felicidad que iba almacenando con Noa. Él era el merecedor de mis sonrisas y mis desvelos. Recuerdo que la primera noche que pude permanecer sin pesadillas fue la que me mantuve en pie a su lado porque tenía fiebre. Pero entonces no eran las pesadillas las que golpeaban para entrar, eran tus recuerdos que amenazaban con escapar de abajo de la alfombra, de entre los repasadores, de atrás de los espejos, sobrevolando la biblioteca. Y no estaba preparada, me resistía a ellos. Sabía que era cuestión de dejar entrar uno para que el flujo fuera incontenible. Me sentía amenazada por la noche y mi debilidad. Sostenidas con alfileres mi entereza y mi voluntad, no eran capaces de soportar ese asedio. Sacudía la cabeza en un fracasado intento por alejarlos, hasta que no pude negarme al placer de recordarte tan vivo en mi memoria y sucumbí a su hipnótico encantamiento. Mientras lo miraba a él y te veía a vos, también te sentía y padecía tu ausencia.

           Y así en círculos perfectos de 360º todo volvía a empezar una y otra vez, en etapas de caminos empinados y mesetas esperanzadoras para luego como en aquella noche, volver a caer en picada. Y caer dolía.         

        No podía enojarme con vos, por supuesto que por momentos te odiaba con toda el alma, con todo mi cuerpo, con todas mis llagas, pero ¿qué podía decir si fui yo quien se zambulló en tus ojos, en tu manso amor? ¿si fui yo la que me repetí mil veces que prefería una semana con vos, diez minutos tan solo de nuestra vida juntos que una eternidad sumida en la nada que era aquella vida, neutra, opaca y vacía antes de conocerte? Así que aposté a esa mínima chance de permanencia con los ojos cerrados y mi corazón abierto. Lo hubiese firmado frente a un escribano si me lo hubieses pedido y guardado bajo siete llaves, jamás dudé. Sin embargo la certeza no asegura la victoria. Embalada como estaba y a mil kilómetros por segundo fui a dar contra el muro más frío y duro. Y ya no hubo más, ni después, ni tal vez.

 


8

        Habían pasado ocho largos meses. De a poco la rutina de despertarme, respirar y hacer como que estaba viva (me empeñaba especialmente en presencia de Noa) había empezado a funcionar y de tanto repetirla ya me estaba acostumbrando. A lo largo del día los engranajes comenzaban a dejar de quejarse y casi sin darme cuenta se hacía de noche. La tragicomedia de mi vida llegaba al entreacto y tenía permiso de sacarme la careta y el disfraz, de descansar hasta la actuación del día siguiente. Otras veces la maquinaria sobrecargada, comenzaba a fallar y explotaba en llantos que no lograba controlar. Podía pasar días en ese estado, llorando sin pausa mientras hacía las tareas de la casa, me ponía frente a la computadora, cocinaba, bañaba a Noa, le daba de comer, lo acostaba y le leía. “Estoy resfriada” o “padezco de alergia” eran mis escusas más comunes. Era un tiempo cuesta arriba, muy agotador, sin salidas, ni paradas. Pero yo lo intentaba y me convencía que de a poco el dolor iría cediendo.

           Una noche después de acostarlo volví a nuestra habitación y abrí el placar. Acaricié tu ropa colgada, tus perfumes, tus libros, las bufandas, tu campera esa que tanto querías. Tuve el impulso de vestir con tu remera de dormir a la almohada y ponerle un poco de perfume, pero me dio miedo que al abrazarla ya no pudiera levantarme más, como fuera no lo hice. Pero saqué tu campera y me la puse. Estaba a punto de cerrar la puerta cuando algo llamó mi atención, era el bolso que llevabas siempre con vos. Tal vez encontraba alguna nota, alguna frase distraída para mí. Y lo abrí. Lo dejé caer con un grito ahogado como si de él hubieran salido alimañas asquerosas por millones.

             En su interior había estudios médicos, estudios de los que jamás hablaste. Los había por montones ordenados por fechas. ¿Cómo pude permanecer al margen y ciega de todo? Me sentía tan estúpida y culpable, en ese momento tantas cosas me cerraban, tantas cosas entendía, la impotencia era infinita. Ya no podía más, no podía más con nada.

            Me sentí un fracaso absoluto, no había sabido cuidarte ni acompañarte. La vida me había pasado por encima y la realidad se me escabulló más fácil que el tiempo. Entendí que nada podía hacer contra este mundo injusto y amargo, que a nadie le servía este proyecto inconcluso de persona, que más muerta que en ese entonces no se podía estar. Pensé en Noa pero entendí que yo era absolutamente reemplazable. Ya no tenía padre y lo que quedaba de mí no podía llamarse justamente madre. Mi hermana lo adoraba, seguramente se lo llevaría, y con ella Noa tendría una madre sana, un padre vivo y hermanos ¿Qué más podría pedir?

           No pasaron cinco días hasta que decidí terminar con aquella tortura. Dentro  mío pensé que no era matarme en realidad, era alcanzar la velocidad suficiente para pasar a otra dimensión, la tuya, abrazarte y pedirte mil disculpas. Si yo hubiese estado atenta, si hubiese revisado tu celular, o tu bolso, si hubiese sido una mujer celosa, pero confiaba tan ciegamente en vos. Si hubiese descubierto la verdad, seguro habría encontrado una alternativa, una opción, pero ya era tarde y el tiempo de ofertas había terminado.

          Uno de esos días fui a visitar a tu médico, trató de calmarme y consolarme, de decirme que nada se hubiese podido hacer, que vos habías preferido que yo no lo supiera, que no querías pasar tus últimos días encerrado en un hospital, y que aquella mínima posibilidad del trasplante era un suicidio. No le creí, sus palabras resbalaban y caían en el piso amontonándose. Antes de salir me encargué de pisotearlas y miré a ese pobre hombre con odio e impotencia ilimitados. Pobre, no porque me diera lástima, pobre por ser tan incapaz, porque decidiera a conciencia dejar escabullir una vida. Supongo que ni él ni vos tuvieron fe de que reuniéramos el dinero. Un expediente menos también supongo. Pero vos no eras uno más. Vos eras como el agua, imprescindible, un recurso no renovable e inagotable de bondades. Vos servías, todos los que te conocían se sentían tocados de alguna forma, vos hacías del mundo un lugar mejor.

        Dejé una nota sobre la cama vacía de Noa, y otra en mi mesa de luz para mi hermana pidiéndole que se quedara con él, y un papel firmado para que pueda alquilar nuestra casa, ayudarse con los gastos de mantenerlo mientras creciera.

         Me dirigí de noche hasta la costa del rio, vigilando que nadie me viera, crucé la valla y me escondí detrás de unos arbustos. Había luna y el cielo estaba limpio y estrellado. Abajo el río la reflejaba multiplicándola en pequeños destellos. Esperé a que me llegara el coraje, cerré los ojos e imaginé que me transformaba en una diminuta mariposa que llegaba volando hasta vos. Detrás dejaba mi cuerpo de oruga. Tomé impulso y todo se volvió blanco.

 


9

Mi hermana se sentó a los pies de mi cama y sin esperar siquiera a que la mirara, me dijo hablando más con ella que conmigo:

-Y ahora ¿qué pensás hacer?

-Vivir –le contesté observando la espantosa ventana de aquel primer piso de la clínica que daba a la nada misma, a más ventanas como la mía, llenas de historias de resignación, dolor, esperanza, inicios o finales, qué más daba. Y me puse a llorar silenciosa y largamente como cada día. Esperando a vaciarme, pero mi vaso de dolor siempre estaba lleno y volvía a desbordarse cíclicamente.

Ahí estaba yo otra vez, haciéndome creer que estaba decidida a vivir (o condenada a hacerlo). La pregunta era de qué forma lo haría, cómo saldría de aquella cama, con qué fuerza retomaría mis rutinas si es que las tenía. Pero el sólo hecho de pensar me agotaba y me quedé dormida.

Estábamos juntos hablando frente al parque con vista al río. Sentados en el pasto. Yo con mi solera amarilla de florcitas rojas y naranjas que tanto te gustaba, sosteniendo los extremos de mi falda, recostada en vos. Vos sediento de mí y mis palabras, yo de tus silencios y tus intensas miradas. Estábamos hablando de cosas insignificantes, dejando el tiempo caer sobre nosotros, sin otra cosa que hacer que degustarlo. De pronto el cielo se oscureció, y el viento comenzó a sacudirnos con violencia. El pelo me golpeaba la cara, intenté pararme pero vos me lo impediste sujetándome muy fuerte de la mano. Una irremediable angustia me colmó, un vacío, como una premonición, no sé, solo sé que mirarte me hacía mucho bien, me daba paz. “No te vayas -me dijiste- no tengas miedo va a pasar, como todo, como siempre. Yo estoy con vos”. Cerré los ojos y traté de serenarme como me pedías, respiré hondo y cuando los abrí todo estaba en calma y bello como hacía un segundo atrás, solo que vos ya no estabas aunque aún podía sentir tu mano aferrada a la mía.

 

Desperté en medio de la noche y estaba sola en mi habitación. Cogí la almohada, me tapé la cara y volví a vaciarme, esta vez ruidosa y abruptamente, estremecida en grandes sacudidas hasta volver a dormirme, otra vez sin vos, con esa certeza devastadora de la ausencia, fría, solitaria y cansadoramente larga.

Por un tiempo creí que aquel sueño significaba que un soplo de desgracia había bastado para esfumarte de mi lado. Que mi condena eran el viento de la vida y de la muerte, ambos por igual, que me sacudían de aquí para de allá, golpeándome hasta desintegrarme, sin dejar nada de mí para rescatar. Sin embargo una mañana, una de las últimas que me quedaban en la clínica, entendí el mensaje que ese sueño me dejaba, y que había estado rondando en mi cabeza más como una percepción que como una idea. Até los cabos sueltos ajustando las coordenadas de mi vida y las del sueño en los puntos coincidentes. Recuerdo bien que cuando finalmente pude develarlo sonreí satisfecha. Era la primera vez en treinta días que lo hacía.

Tomé de la mesa de luz, un pequeño espejo y me miré, era un espanto. Producto de la caída tenía más de la mitad del cuerpo enyesado y mi cara, ay Dios, la imagen que me devolvía el espejo parecía ser más bien producto de un aprendiz en el difícil arte del maquillaje de ciencia ficción, que un rostro accidentado. El cirujano se había empeñado en asegurar que de las operaciones no quedaría ni rastro, se jactaba de su destreza (si todas las cicatrices se borraran tan fácil, pensaba yo con cara de nada mientras lo escuchaba irse en palabras de aliento y esperanza) Y la cabeza ¿acaso era un chiste? Había zonas sin pelo y otras con mechones descuidados, enmarañados y largos. ¿Es que alguien creyó que era una buena idea dejarme un poco de pelo? De chica, en mis momentos de angustia, anhelaba agarrar una tijera y pelarme, pues bien, había llegado el momento de darme el gusto. Busqué una tijera pero obviamente ya no estaba. Llamé a la enfermera.

 


10

La terapia para recuperar el movimiento normal de mi cuerpo me llevó algo más de seis meses, largos y tediosos, pero no sé bien por qué el dolor físico de alguna manera me aliviaba. Cada día mientras completaba la rutina pensaba: “si puedo con esto, puedo con mi vida”. A veces Noa me acompañaba, para disgusto del personal y alivio mío (esos días me dejaban terminar antes).

Cuando pude caminar por mis propios medios me tomaba unos minutos de la mañana para hacerlo cerca del río, mientras él dormía y la señora que me ayudaba con la casa estaba. A medida que mi capacidad física aumentaba, también lo hacía el tiempo de los paseos. Sentir el sol sobre mí en las mañanas heladas o primaverales me ayudaba a respirarte y exhalarte, exorcizando mi dolor con bocanadas de aire puro y mañanas soleadas.

Poco a poco pude asumir tu ausencia como una presencia. Seguías siendo hermoso y tan deslumbrante para mí como el primer día. Te hablaba frente al espejo, o te cantaba mis canciones mientras andaba en bicicleta, me reía de las cosas de Noa y miraba al cielo esperando tu complicidad. Buscaba tu abrazo o la memoria de él en los momentos que la angustia amenazaba con volver. Y ahí estabas constante, como las mareas.

Un día sentí que cada uno de tus átomos habían abandonado el suelo para mezclarse con los míos y fundirse en uno solo. Ahora no era más “yo sin vos”, ahora era yo, producto de la fusión de nosotros en un nuevo ser que quizá perduraba en este espacio de tiempo por alguna razón.  En ese mismo instante vi nacer, como un diminuto brote apenas asomando, a la esperanza. Quizás la vida podía volver a sorprenderme, quien sabe, quizás aún podía.

         A veces cuando el anhelo de tenerte me superaba, volvía a aquella librería a buscarte. El pobre librero pensaría preocupado que sufría de indecisión crónica, porque tomaba siempre el mismo libro, leía la contratapa, lo dejaba y salía. A los pocos pasos me daba vuelta como si me olvidara algo solo para verte ahí parado sonriéndome. Si el hada de los deseos apareciera, sin duda le pediría volver a ese día y que jamás terminara. Me quedaba un buen rato mirándote y sonriendo hasta que la imagen se desvanecía o la gente comenzaba a mirarme en forma extraña.

Una mañana de esas en que te extrañaba demasiado, volví a mi ritual. Me gustaban especialmente los días soleados porque así te recordaba, con el sol de atrás iluminándote. Entré a la librería, salí y al llegar al punto donde me olvidaba de algo y me volvía, comprendí que finalmente si me había olvidado de algo: del dolor. Lo supe en el instante mismo que te vi, vi como ese peso que me hacía sucumbir cada atardecer ya no estaba.

Busqué en mi bolso una lapicera y un papel para registrar ese preciso momento con alguna frase, recuerdo que escribí “me dejo llevar y es el viento el que me mantiene despierta”

Alrededor la gente comenzaba con sus actividades y aumentaba en número, un grupo de jovencitas pasaron a las risotadas sacándome de mi conjuro. Respiré profundo y guardé el papel, tal vez inmortalizara el momento colocando esa frase en algún sector de la casa donde entrara el sol, donde pudiera crecer sana y con fuerza la esperanza.

 

11

El primer día de jardín de Noa fue toda una fiesta. Me gustaba verlo crecer, quería que él fuera feliz, quería enseñarle a disfrutar de la vida como vos me habías enseñado a mí. Dejándolo ser, dándole alas.

Pasados unos meses tuvimos la primera reunión informativa. La escuela era grande, de varios pisos. Como llovía los nenes no podían salir al patio por lo que la reunión, en lugar de hacerse en su salita, se había trasladado a otro sector de la escuela y me perdí. Al doblar en una de las galerías vi a un profesor conversando con algunos alumnos y decidí preguntarle donde quedaba para ganar tiempo.

Esperé a que terminara de hablar y cuando hizo una pausa, le pedí si por favor me indicaba cómo llegar a la sala de videos. Me miró, esbozó una sonrisa, y comenzó a explicarme... Pero el impacto de sus ojos fijos en los míos me desconcertó, tanto, que detuvo su relato y me preguntó si estaba bien. No supe qué contestarle, realmente no sabía cómo estaba. Me ofreció un vaso con agua y me condujo hasta una diminuta silla dentro del salón vacío donde me quedé, esperando a que volviera, rogando que la sensación se suavizara, pero al verlo entrar, nuevamente mi pulso se aceleró, y mis manos comenzaron temblar. Disimulé como pude. No estaba preparada para eso.

Me di cuenta de que a él también le había pasado algo y eso me perturbó aun más. Lo supe por la forma en que me miraba, y por cómo puso su mano sobre la mía intencionalmente, cuando le  devolví el vaso. Ese simple contacto, de su mano sobre la mía, me produjo una descarga eléctrica, y pude sentir como mi corazón volvía a latir tímidamente, después de casi 2 años de mantenerlo adormecido intencionalmente, con el fin de que tu ausencia fuera un poco más soportable.

Pero ¿qué me había pasado? ¿Acaso la vida podía renacer en mi después de la sequía y los incendios? ¿Aun después de intentar metódicamente acabar con todo aquello que me permitiera sentir algo?

Estuve días dándole vueltas a aquel encuentro, algo en sus ojos me había llevado al pasado, al principio, a mi propia esencia. ¿Eso era posible? En sus ojos también había algo de vos, tu misma chispa, tu misma pasión por la vida, tus ganas de dar, tu forma de brindarte ¿me habría traicionado el inconsciente?

De repente, sola en mi habitación, lo entiendo. Y sin necesidad de tomarme el pulso, por primera vez después de tu partida, tenía la certeza de que estaba viva, realmente viva. Aquella pequeña esperanza que había renacido en mí hacía unos meses cobraba fuerzas, daba brotes nuevos, alargaba sus pequeñas raíces y empezaba a esparcirse entre mis células. Sentí vértigo, incertidumbre, un poco de miedo y algo de una muy incipiente alegría. Y entonces aquella frase colgada al sol en la cocina, comenzaba a cobrar sentido:

“Me dejo llevar y es el viento el que me mantiene despierta”

Estaba despertando de mis pesadillas, despertando lentamente a la vida. El tiempo de repararme había dado frutos y aquella tierra yerma que había sido yo durante tanto tiempo, se volvía un lugar propicio para que crezcan nuevos sentimientos, nuevos atardeceres, nuevas ilusiones. Esta era la versión de mi que vos habías ido sembrando, y que gritaba por salir de abajo de los escombros con los que intenté sepultarla. Vos me habías ido preparando para sobrellevar tu pérdida, ahora lo veo. Te preocupaba mi vulnerabilidad, mi falta de valor para seguir sin vos, y tenías razón.

Al momento que lo comprendí, supe también que era inútil resistirme. La vida brota sin pedir permiso, como esas flores que crecen en pequeñas grietas del asfalto, o en medio de las paredes de una casa abandonada. Contra todo pronóstico, así también, se daba paso a través de mis muros.

Me consoló saber que esto también estaba contemplado en tus milimétricos planes, que haciéndolo sólo estaba cumpliendo con tu deseo. Así que me saqué la culpa que sentía por estar viva, la puse en una bolsa de consorcio, la arrojé dentro del contenedor de “mojados y sucios” de la esquina de casa, y me sentí mejor.

Aquel viento que ahora soplaba en mi espalda, me exigía que siguiera avanzando, que saliera del capullo que había tejido y que me hiciera cargo de los días que el universo me obsequiaba. No tuve más opción que dejarme llevar, como antes, como cuando te encontré, como cuando me rescataste del naufragio para mecerme en tus mareas, mi tierno y siempre amado Mar.

Fin.


Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares