Corre, Eva Corre
Recuerdo empezar a caminar los días que tenía libres, algún sábado o domingo que vinieran los de afuera a cuidar a mamá. Recuerdo esa necesidad de, en determinado momento, correr. Pienso que mi deseo en realidad era escapar del mundo y no parar hasta vaciarme de esa angustia y ese dolor.
Recuerdo que a medida que el sueño se acortaba y el amanecer se adelantaba, yo salía más temprano, Huía despavorida de la cama, cansada de darle vuelta a mis ideas, desgranando angustia y sin sabores.
Recuerdo encontrarme en la calle, libre. Llegar al verde de mi costanera, al rio al sol y respirar quemando miedos. Recuerdo que me enamoré perdidamente, con vergüenza, negándolo, “no corro, yo camino y troto un rato”… Tenía miedo que fuera un amor pasajero, tenía miedo que el encanto se esfumara y nuestro idilio se rompiera como tantas veces me había enamorado y desencantado al cabo de dos o tres meses de otras disciplinas. Pero este amor fue correspondido, simétrico. A medida que más tiempo le dedicaba, más me retribuía. Y un día pude blanquearlo. Yo corro, soy corredora, entreno, me gusta.

Parece haber una causa común que se hace tan grande y adquiere la suficiente energía para vencer la inercia. Una vez atravesada la cima todo es cuesta abajo.Parece que está historia se repite con casi todos
ResponderBorrar¿Será posible? ¿Será que el running practica el poliamor? Me gustó eso que marcás de la historia colectiva. Uno lo vive como una historia particular, única e irrepetible, pero lo único irrepetible somos nosotros y cómo nos sentimos al respecto. Gracias por tu devolución. Me hiciste pensar.
Borrar