Tiempo Fuera

 

Conocí a Helena en una página de citas online, a finales del 2020, el año en que el mundo parecía derrumbarse víctima de un enemigo microscópico, el virus sars COVID-19. Yo me encontraba en el paro debido a la Gran Reclusión, tal como el FMI bautizó los períodos de confinamiento estricto entre marzo y el verano, que destruyó en España más de un millón de empleos, entre ellos el mío.

Llegué a este país a los 18 años con sueños grandes de fama, éxito y dinero. Era un luchador de kick boxing y en poco tiempo -a penas unos meses- había escalado de cero a campeón sudamericano. Creí comerme el mundo, pero un mal manager y una pelea demasiado ambiciosa, bastaron para noquear mis pretensiones y sacarme para siempre del ring. No era lo suficientemente bueno para los cuadriláteros europeos, pero me alcanzó para forjarme un futuro como guardia de seguridad en antros de mala muerte y fiestas privadas.

Con el transcurrir de los años me fui acostumbrando a esa vida y olvidando el pasado. Mi Argentina, mi barrio, mis amigos, mi absorbente madre, mi padre alcohólico, mi hermano dealer. Me alegraba estar lejos. Me sentía afortunado por zafar al destino que la mayoría de los chicos pobres y sin estudios de mi país natal encuentran: droga, violencia y balas perdidas (o encontradas).

Amaba España aunque no era un amor recíproco. A pesar de tener la ciudadanía, jamás me perdonaron el hecho de ser inmigrante. Siempre me trataban, aun mis compañeros, como un ciudadano de tercera, un ladrón de puestos laborales, situación que se fue agravando con las repetidas crisis económicas que no terminábamos de superar. Aún así, Barcelona era el paraíso al lado de la realidad que en noches de insomnio podía imaginar para mí.

Al otro lado del charco, a miles de kilómetros, estaba todo lo que me unía a mis raíces y a mi cultura, al menos hasta ese día que la encontré en línea. Ella era argentina, bonita, separada, con 1 hijo, 10 años mayor que yo. Su foto olía a mates, dulce de leche, batata y queso. Era directora de marketing de una pequeña compañía. Había hecho su posgrado en Barcelona, donde conoció y se casó muy joven con su ex esposo. Un italiano machista pero seductor, con aires de importante y agua por todos lados, que la cautivó y la cazó.

No era mi mejor momento y se lo dije. Estaba sin trabajo y sin dinero, pero me sobraba el tiempo y la necesidad de tocar y ser tocado, de alejarme de la realidad y del pequeño cuarto donde hacía meses el tiempo se había detenido para mí. Así que sin demasiados miramientos, descargué la aplicación y me sumergí en la tarea de buscar compañía. Sin muchas esperanzas reparé en ella, pero gracias a un golpe de suerte y varias coincidencias que después me contaría, conseguí una cita.

Nos encontramos en un bar a las afueras de la ciudad. Su sonrisa al verme, fue como un viaje en autopista para este corazón un poco golpeado y bastante anestesiado, con varias parejas rotas, dos hijas que no visitaba y más infidelidades padecidas que cometidas. Tomamos algo, charlamos mucho, y después de algunas horas nos fuimos del bar.

Caminamos por la Rambla hasta llegar al puerto donde nos recibió una luna gigante, cual cliché de comedia romántica, y un viento helado que la hizo cerrar sus ojos, transformándolos en pequeñas hendijas verde grisáceas. La abracé para cubrirla del frio rodeándola por la espalda, ella sonrió y me agradeció con un besó en la mejilla. Estuvimos un rato así, disfrutando del contacto, viendo como leudaba entre nosotros una química maravillosa que tomaba consistencia y nos dejaba casi sin aire, ni voluntad. Sumergido en un tornado de emociones, comencé a besarla en la nuca, el cuello y seguí haciéndolo hasta llegar a su boca con un beso suave y dedicado, disfrutando el instante, como quien retiene en el paladar un sorbo de buen vino, y así seguimos besándonos, sin miedo al frio.

Contuve mil veces la ansiedad de pedirle que pase la noche conmigo, y en su lugar la dejé ir sin insistir. Ya camino a casa vino a mi mente esa estrofa de Drexler “¿qué es lo que viste en mi? ¿Qué es lo que te hizo abrir así. Tus miedos, tus piernas, tu calendario. Las siete puertas sagradas de tu santuario. La extraña luz de tu cámara oscura. El infranqueable cerrojo de tu armadura? Era un todo un misterio.

Al otro día le escribí y me invitó a su casa. Era sábado y estaba sola porque su hijo se había ido unos días a Italia a visitar a los abuelos. Dos copas de vino bastaron de introducción. Mientras me hablaba, no podía dejar de acariciar su piel tan suave, su pelo largo y lacio, sus labios carnosos. Era tan bella y argentina que dolía. Cuando fue el momento me acerqué más y más y más, hasta poner mis labios prácticamente sobre los de ella. Me miró con ojos suplicantes -casi carnívoros- y un deseo encendido. Entonces la besé. No hubo necesidad de aclaraciones, ni plan de escape, ni análisis de situación. No hizo falta nada. Nos enredamos hasta el alma, necesitados hasta la medula, entregando hasta el pasaporte. No nos quedó nada por dar, por tocar, ni por hacer. Hubiera podido recibir el amanecer haciéndole el amor. Ella era fuego entre mis dedos, lava ardiente que tomaba forma a medida que la recorría.

No tuvimos largas conversaciones sobre el pasado o la vida de cada uno, apenas lo justo y necesario. Hablábamos el idioma del cuerpo y nos entendíamos a un nivel cósmico, casi místico. No usó su lengua para hablar, pero sí para limpiar mis heridas hasta curarme del hastío y la desidia. Con ella era común visitar el país del “nunca jamás me sentí así”. Y un día me confesó que también había vagado por ahí.

La deseé intensamente y me entregué a ella. Leí una y otra vez el mapa de su cuerpo hasta aprenderlo de memoria, descubrí sus atajos, disfruté sus mejores vistas, sus playas a mar abierto, sus ríos y bahías, me demoré en cada centímetro que valía la pena repasar. Le entregue mi corazón y ella me entregó su vida sin pedirme nada, pero tomándolo todo.

Tiempo después la realidad pasó factura y nos separamos. Éramos diferentes, demasiado, y a medida que el cuadrilátero se nos hacía pequeño, podíamos percibir como el piso que lo contenía se iba desmoronando. Terminé convenciéndome de que había sido demasiado bueno para ser cierto.

Por las redes que stalkeo, cuando la crueldad del olvido se me hace insoportable, me enteré que había vuelto a la Argentina para cuidar a su madre. Siempre pienso en ella, aunque ya no me duele. Recuerdo con anhelo nuestro tiempo. Y a pesar de haberla buscado en innumerables cuerpos, jamás logré conectar con nadie en esa forma. Trato de consolarme aferrándome a la esperanza de que algún día volveré a encontrarla, aunque sea bajo otra piel, y recuperaré parte de ese tiempo que vivimos sin permisos, ni registros. Un tiempo fuera de tiempo, espacio y gravedad.

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