1. Lo que grita el silencio
Me oculto detrás de la puerta de mi habitación con el corazón latiendo a mil. Escucho romperse un vidrio, luego otro. Mamá grita y llora. Pide perdón y putea a un tipo. No sé quién es, pero intuyo que lo conoce.
Me cuesta respirar, me tiemblan las manos y no siento las piernas. Creo que mojé mis pantalones. No sé qué hacer. ¡Pensá, pensá, pensá! Siento que debo ayudarla pero estoy paralizada. No puedo moverme. Sacudo la cabeza y me pellizco fuerte, tal vez sólo sea un mal sueño, lo parece. Quiero despertar pero la pesadilla no me suelta. Siento miedo. Mucho miedo.
Tengo que hacer algo, ¡tengo que ayudarla! En casa sólo somos ella y yo, y siempre nos cuidamos la una a la otra. De repente me acuerdo que mamá esconde un arma arriba de una repisa del pequeño depósito que hay entre el baño y la cocina. La guarda dentro de una caja de zapatos. No sabe que yo sé, pero lo sé. La vi hace mucho cuando se la mostraba a uno de sus novios. El más flaquito, uno que parecía sacado de una bolsa de papas, sucio, jorobado y medio rengo. Horrible el pobre, pero al menos no era borracho y era bueno con ella.
¡Concentrate! me recrimino, la cabeza se me dispara a cualquier lado. Debo ser astuta, silenciosa, rápida, invisible. Quiero ser la garza de Kun Fu Panda, esa soy por un instante. Jugar a los roles siempre me ayudaba cuando me asustaba. A veces me asfixiaba y me sentía morir. El doctor de la iglesia me explicó que era un ataque de miedo (dijo otra palabra pero ya no recuerdo) y me enseñó un truco genial para evitarlos. Ahora no tenía tiempo de ataques, necesitaba ayudar a mamá, los golpes y los gritos no paraban.
Voy hasta el depósito lo más rápido que puedo, pero cuidando cada paso para no hacer ruido. Llego y me paro frustrada frente a la puerta, es pesada y ruidosa y yo chiquita y torpe. Casi no puedo controlar mis manos de tanto que me tiemblan. Dejo de respirar un instante para intentar serenarme. Espero a que mamá vuelva a gritar para abrirla, por si hace demasiado ruido y lo logro.
Ya estoy adentro. Sólo me queda trepar la repisa y rezar para que no se caiga mientras lo hago. Empiezo a subir, estante por estante, es demasiado alta y enclenque, se mueve como gelatina cada vez que me agarro para trepar, pero igual lo logro, ya casi alcanzo la caja. Al llegar arriba de repente, el silencio me aturde como si fuera un golpe seco. Me quedo inmóvil, tratando de escuchar algo, pero nada. La ausencia de gritos me resulta más aterradora que los gritos en sí.
Empiezo a desesperar, quiero llorar, gritar, decir esas malas palabras que mamá siempre dice pero que a mí no me deja. Quiero tirarme y correr pero ¿y si el tipo todavía está? ¿Si me está buscando? otra vez el pecho se me cierra, pero esta vez por completo, empiezo a marearme, intento pensar en otras cosas pero nada da resultado. Estoy cayendo en un pozo negro, poco a poco, voy perdiendo pie.
Me despierto llorando. No entiendo lo que pasa, ni donde estoy. Está oscuro. No sé si estoy despierta o en medio de un sueño horrible. Me duele la cabeza, me toco y algo pegajoso y húmedo me ensucia las manos. No puedo ver qué es. Me doy cuenta de que estoy en el piso pero aún no entiendo dónde. Poco a poco voy recordando. ¿Estoy en el cuartito de depósito? ¿Me caí? Un puñal frío se me clava en el pecho y me deja sin aire nuevamente. Estoy desorientada pero puedo sentir como el miedo se esparce desde el pecho a mis brazos y piernas. En el silencio escucho como la sangre bombea desde el corazón, bum, bum, bum ¿de dónde sale el líquido que hay en el piso? Quizás en la caída volteé un tarro de pintura. ¡Ay Mamá me va a matar! digo sin pensar en voz alta y ahí recuerdo todo.
Me levanto de un salto un poco mareada todavía por la caída, pero no me importa, voy corriendo hasta el lugar de donde antes venían los gritos y veo a Mamá en el piso, dormida boca abajo, entre la heladera y la mesa.
Me tiro sobre ella y la abrazo… -¡Mamá mamá! -Le digo al oído por si el tipo estuviera
cerca todavía y nada, le corro el pelo de la cara, tiene los ojos abiertos-
¡Mamita, mamita! -No me responde.
-¡Mamita por favor, mamita retame, enojate, tiré la pintura, mamiiiiiii! ¡Basta! ¡Me das miedo! mamaaaaaaaá mamaaaaá -le grito histérica- ¡Por favor mamá! ¡Por favor! Levantate mami, mami, mami…
-Perdón mami, perdón, voy a ser buena siempre, te prometo mami, pero hablame. ¡Despertá! ¡Mamá, mamá! -La agarro de la remera y la zamarreo, intento darla vuelta y no puedo- ¡Mamita despertá! ¡Mamitaaa!
En eso alguien entra a casa, me agarra por la espalda y me levanta, grito y pataleo, pienso que es el tipo que peleaba con mi mamá, pero cuando intento morderle el brazo me doy cuenta de que tiene uniforme, lo reconozco, es un policía. Me entrega a mi vecina en brazos, sigo pateando y gritando pero nadie parece escucharme. Yo sólo quiero que mi mamá me hable, que me diga que vamos a estar bien. Como cada vez que volvía llorando de la escuela o cuando tenía hambre, o teníamos que mudarnos.
Unos señores me sacan de los brazos de Nana y me meten a la fuerza en una camioneta con luces y sirena. Adentro me recibe una chica joven, con bata y pantalones verdes, rubia y de pelo largo. Me dice que se llama Luz, como si eso importara. Trata de calmarme pero yo sólo puedo pensar en mamá.
Me llevan hasta el hospital. Paso horas ahí con gente con batas o sin ellas. Parecen turnarse. Algunas chaquetillas tenían dibujitos. La mayoría me habla como si fuera un bebé o sorda. Igual casi que si, no los escucho. Tampoco me salen las palabras.
Le pido a Dios que sólo sea una pesadilla. Que me despierte en brazos de mamá. Cierro los ojos y me tapo los oídos haciendo fuerza para que todo desaparezca como por arte de magia y que al abrirlos me encuentre en mi cama, en mi casa, junto a mamá. Pero los milagros no se me dan con facilidad. Nunca más la vuelvo a ver.
En algún momento de tanto hacer fuerza me dormí, pero en lugar de despertar en mi casa, lo hice en una cama del hospital con un horrible camisón celeste y un cable transparente clavado en mi mano que iba desde ahí hasta una bolsita que colgaba de un palo. Era suero, lo sabía. A mi mamá también se lo ponían a veces, cuando se enfermaba mucho, o cuando estaba demasiado cansada para comer o levantarse y Ana, la vecina, llamaba al doctor. Me gustaba cuando eso pasaba porque Nana (así le decía yo) me llevaba a su casa y me daba de comer en su cama, en una mesita pintada a mano con corazones y flores, mientras veíamos alguna peli vieja de Cowboy o comedias musicales que le encantaban, y a las que acompañaba silbando bajito siguiendo la música. Era divertido verla tan contenta, parecía que en ese momento estaba ella en la tele con vestidos largos de polleras amplias, dando vueltas al ritmo de la música. Me imaginaba que yo también estaba ahí con ella, bailando tomadas de la mano.
Para Nana yo era como su nieta, esa que jamás veía. Y para mi ella era mi abuela, la única que tenía y la única persona en el mundo con la que me sentía a salvo. Su casa parecía una casita de muñecas, con tacitas de porcelana, cortinas, adornos y muchos muebles chiquitos, algunos con vitrinas llenas de copas y platos con bordes dorados, otros con herrajes rococó en bronce bien lustrados, almohadones con moños y sillas de patas gorditas y tapizados de flores, siempre olía a café con leche y pan casero. A veces hacía medialunas y me invitaba a merendar y a ver los dibujitos. En su casa no habían hombres malos, ni gritos, ni noches de estar sola. En la mia en cambio, muchas veces mamá me decía “ya vuelvo” y nunca lo hacía. Esas eran de las peores noches, me metía en el placard, o debajo de la cama para tener menos miedo y ahí me despertaba, las veces que lograba dormirme, toda dolorida, hecha un ovillo. Pero cuando me quedaba con Nana ella nunca se iba. Me dejaba estar a su lado en la cama y me envolvía con su brazo mullido hasta que me daba sueño. Sus sábanas siempre olían a perfume de bebé. La extraño, ojalá estuviera conmigo. Pero seguro ya no me quiere más, y por eso no vino. Porque cuándo me alejó de mamá le pegué y le dije que la odiaba. Espero que no esté triste. Cuando vuelva a casa voy a usar todos mis crayones y le voy a hacer el dibujo más lindo de todos, con un corazón grandote para que sepa que era mentira, que no la odio y que la quiero un montón.
Tic, tic, tic, tic, las gotas del suero caen a ritmo. Me recuerdan a las clases de música cuando Margarita nos enseñaba a tocar el triángulo. Me gusta mirarlas caer, me tranquiliza. Alguien entra y me habla, no quiero ver a nadie. Cierro los ojos para parecer dormida. Pero me descubre la mentira y se sienta en la cama, me habla como si ya nos conociéramos. Me llama por mi nombre. Se presenta. Se llama Pablo. Me dice que trabaja para no sé quién, que quiere conocerme, que quiere ayudarme y que quiere que hablemos de mamá. Esa palabra me despierta.
-¡Mamá! ¿Dónde está? ¡Quiero
ir con ella! -Le digo de un tirón al
tiempo que me levanto y me abalanzo sobre él-
-Hola Maia -me dice mientras me toma de los hombros con cuidado y me aparta- ¿Sabés qué hace un asistente Social?
-No. ¿Por qué no me dejan ir con mamá? -Insisto- ¿Dónde está? ¿Puedo verla?
-Un asiste te social -continúa como si no me hubiese escuchado- se ocupa de que los niños siempre tengan quien los cuide y los ame, cuando por algún motivo sus padres no pueden hacerlo.
Comienzo a llorar.
-¿Qué pasa? ¿Mi mamá ya no puede cuidarme? ¿Es porque tiré la pintura? Me voy a portar bien, ya no la voy a hacer enojar ¡por favor dígale, dígale!
-No Maia. No es eso. Ella te ama mucho, y siempre va a estar para vos, pero ahora no va a poder cuidarte porque se fue al cielo. -Me dice con voz pausada y ojos tristes-
-¡Es mentira! -le
grito enceguecida- Ella me dijo que nunca me iba a dejar. Me lo prometió,
me juró que no era como mi papá ¡Quiero ir con ella, quiero ir con mi mama! -Empiezo a golpearlo con fuerzas y dos
brazos me detienen. Una enfermera le agrega algo al suero y de a poco me voy
durmiendo-
Al otro día aparece de nuevo Pablo pero esta vez no estaba solo, venía con Nana. Apenas la veo comienzo a llorar y a reír. Me seco las lágrimas, le extiendo la mano libre, la saludo, sigo llorando y riendo, las palabras no me salen. Al fin no estaba sola. Ella se acerca, me paro en la cama y me cuelgo de su cuello como una garrapata. Así me decía mi mamá, “garrapatita” me abraza fuerte y me hace upa, me acuna, me susurra hasta que me calmo y dejo de llorar.
-¡Perdón Nana! No te odio. Perdón, te quiero mucho, te extrañé mucho. Acá todos son malos, quiero ir a mi casa, quiero ir con mi mamá ¿La viste?
-Ahora nos vamos Maia -me
tranquiliza- ¿A la mía sabés? Un tiempo. Y ya hablaremos de tu mamá. Te
prometo. Pero ahora tenés que comer, bañarte y descansar un poco. Te compré
milanesas, tus preferidas -Me dice
mientras fuerza una sonrisa que ni yo me creo-
-No quiero Nana, ¡NO QUIERO! Quiero ver a mamá y comer pan
con azúcar viendo la tele. Sólo eso. -Y
me largo a llorar de nuevo-
-Bueno, bueno, no te preocupes ahora por nada. Te traje ropa y a Jerry, lo dejaste solito pobre, y te extrañaba.
Abracé a ese oso deshilachado como si de eso dependiera mi vida. Me lo había regalado mamá cuando nos fuimos de casa de papá y desde ese día nunca nos separamos.
Esa noche ni la segura cama de Nana pudo hacer que se me fuera el miedo y me dejara dormir. Cada vez que cerraba los ojos la película del día anterior comenzaba a reproducirse en mi cabeza y me despertaba sobresaltada con el corazón en la boca.
Durante semanas Pablo nos visitó en casa de Nana. La mía estaba cerrada y con una faja roja cruzando la puerta. Vino hasta asegurarse de que yo estaba bien y que había entendido que mamá ya no iba a volver. Sé que habló con mi papá (lo escuché cuando se lo contaba a Nana) pero que no estaba en condiciones de tenerme, así que le dieron a Nana mi custodia oficial. Me alegró saberlo. Le tenía mucho miedo a mi papá.
La última vez que lo vi llevaba esposas y lo metían a la fuerza en una patrulla. Un vecino lo había denunciado por pegarle a mi mamá. Siempre lo hacía, pero esa noche me quiso pegar a mí y mamá se lo impidió. Eso lo enojó más. Estaba rojo, los ojos parecían salírseles de la cara. Gruñía y tenía espuma en la boca. La agarró del cuello con las dos manos y la arrastró hasta la ventana, gritándole que si volvía a hacerlo la iba a tirar. Al rato apareció la policía y se lo llevaron. Esa misma noche mamá me subió al auto y nunca más supimos de él.
Nana siempre tenía una actividad distinta para hacer conmigo. A veces me llevaba a una placita que quedaba cerca donde le dábamos de comer a las palomas, otras tardes la acompañaba al mercado y me compraba golosinas, o me llevaba a tomar un helado. Yo no tenía ganas de hacer nada, pero igual iba, me ayudaba a olvidarme un rato de todo, en especial de algo que siempre se me venía a la cabeza y me hacía llorar. Ese día el plan era hacer ñoquis.
-¿Fue mi culpa verdad? -arranqué
la frase por donde iba la conversación en mi cabeza- Me miró desconcertada,
tratando de recordar las “macanas” mías del día y entender a cuál de ellas me
refería.
-Lo de mami digo -mientras pongo la mirada fija en mis manos llenas de masa, intentando escapar a sus ojos para
no llorar-
Nana suspiró fuerte, sería la tercera vez en el día que se lo preguntaba. Ella me levantó la cara con su dedo enharinado y me dijo mirándome a los ojos:
-Maia ¿vos crees en mi?
-Si
-Entonces quiero que me escuches con tus dos orejitas y me
prestes mucha atención -me tomó de los
hombros y me condujo derecho al sillón del comedor donde me hizo sentar para
después dejarse caer a mi lado.
-Te voy a contar una historia que quizás te ayude a entender. Cuando yo tenía tu edad, mi hermanito pequeño se escapó de la casa y se perdió.
-¿Y qué pasó? ¿Se murió?
-No, no. Después de muchas horas lo encontraron, pero fue muy grave lo qué ocurrió y estaban todos muy asustados. Por largo tiempo me sentí culpable, porque antes de perderse lo había echado para poder jugar a las muñecas tranquila. Y aunque todos me decían que no era mi culpa, pasé años castigándome por eso.
-Sí, te entiendo. Me pasaría lo mismo…
-¿Pero sabés una cosa que aprendí de grande? Que yo era tan chiquitita como él. Y que necesitaba que me cuiden los adultos, no al revés. ¿O alguna vez viste a un cachorro defendiendo a su mamá? ¿Cierto que no? Así como en los documentales de animales que te gusta ver, bueno así es también para nosotros. Vos sos muy chiquita, ¡pero muy chiquita!, por más grande que te sientas, y nada podías hacer. Ni nada hiciste para que esto pasara. Los grandes se equivocan, aunque ahora no lo entiendas, y a veces los niños sufrimos por eso. Con el tiempo todo lo que hoy te duele y te asusta dolerá y asustará menos.
-No creo Nana… -le dije con toda esa tristeza que llevaba encima. Igualita a la nube que les llueve en la cabeza a los dibujitos que tienen mala suerte- Me abrazó y me atrajo hacia ella. Me quedé así un buen rato, sólo escuchando su corazón, hasta que el timbre nos sobresaltó.
-¿Quién es? -Dijo Nana desde adentro, sin abrir la puerta, al tiempo que espiaba por la mirilla- Yo salí corriendo y me escondí en la habitación de al lado, pero me quedé atenta por si acaso Nana me necesitaba.
-Soy el inspector Román Pessaro. Traigo novedades sobre la
investigación –escucho que le contesta
alguien del otro lado-
Nana abrió la puerta con desconfianza, sin quitar el pasador.
-Buen día. ¿Qué investigación? -dijo
con disgusto-
-Es sobre el asesinato de la Sra. Martinez, su vecina. Tenemos algunos sospechosos y necesitamos hacerle un par de preguntas. ¿Podremos pasar? Le dijo al tiempo que le entregaba su placa. Nana se puso los lentes para inspeccionarla y después de un buen rato quitó el pasador.
¿Asesinato? ¿Sospechosos? Otra vez me empezó a doler la panza, tanto que tuve que arrodillarme en el piso en forma de bolita para poder respirar. Los recuerdos de esa noche todavía me resultaban borrosos. Sabía que algo muy malo había pasado, pero no terminaba de entender qué. Nadie me decía nada, ni siquiera Nana quería hablar conmigo del tema. Jamás me habían explicado lo qué pasó con mamá, por qué murió, ni quién había estado con ella antes de que pasara lo que pasó.
Me fui a dormir molesta, “chinchuda” como me decía Nana. La tristeza ahora se había transformado en enojo, uno enorme que me costaba controlar y que con los días iba tomando forma de mapa, el mapa que me llevaría a descubrir quién era ese hombre malo que estuvo con ella y que me la quitó para siempre. Me obligué a recordar algo de ese tipo. Estaba segura de que se conocían con Mamá, entonces ¿probablemente yo también lo conocía? -su voz me había resultado familiar- pero ¿de dónde? ¿de cuándo? En ese momento no pude recordarlo. Pero años después lo haría.


Muy lindo Evan
ResponderBorrarABRAZOS
¡Me alegra que te haya gustado! Abrazos!
BorrarQuiero más!!!!
ResponderBorrarHay mucho más!... en breve (Estás de suerte ;)
BorrarMuy bueno Eva.... estoy sorprendido!!!!
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