Siete Puertas
PRIMERA PUERTA. EQUIVOCARSE
Se aventuró a través de un espacio reducido sin saber exactamente la razón. Tal vez lo sedujo el leve aroma a flores que llegaba desde el otro lado de la abertura, tal vez aquella luz de un particular tono rosado, o aquel sonido como de sirena que hacía la brisa al atravesar la ventana y jugar entre los atrapa sueños que colgaban del techo.
No podría asegurar si estaba completamente en uso de sus facultades mentales o flotando en algún tipo de hipnosis, pero no hay dudas que así como quien llega al mundo por primera vez, él se encontró de un instante a otro en un lugar que no era el suyo. Y el impacto fue abrumador.
Un reducto completamente desconocido que parecía consumirlo. El aire enrarecido lo asfixiaba y le hacía perder sustento.
Supo sin adivinar, que debía encontrar una vía de escape o su fin sería inminente.
SEGUNDA PUERTA. ESCUCHAR
Terminada la entrevista me hicieron salir y esperar en aquel lugar oscuro. –"Danos un momento Miranda" –me dijo con su voz almidonada la dueña de casa- "enseguida te llamamos".
"Muchas gracias" -le respondí algo inquieta- y fui a sentarme en el sofá estilo Luis XVI, único mobiliario con que contaba aquel corredor, en él habían siete puertas, todas cerradas. No tenía ventanas ni rejillas, la única luz que iluminaba el sitio provenía de una araña central. Las paredes estaban empapeladas en un sutil estampado color obispo oscuro. Todas las puertas y sus marcos eran blancas.
Empecé a sufrir claustrofobia. Me paré pensando que probablemente alguna de esas puertas llevaría a un tocador e intenté encontrarlo. Probé la primera a mi derecha pero estaba cerrada. Lo mismo pasó con las siguientes cuatro que intenté abrir. Me quedaban sólo dos, una era por la que había entrado –esa estaba descartada- y la otra era la más alejada hacia mi izquierda. Caminé hasta ella, presioné el picaporte pero tampoco cedió y me frustré.
Cuando me disponía a volver al sillón percibí un sonido extraño, que llamó mi atención del otro lado de la puerta. Aquieté mis movimientos, silencié mi respiración y pegué la oreja a la madera para escuchar, tratando de descifrar qué era aquel sonido ahogado que llegaba desde adentro.
TERCERA PUERTA. DESPERTAR
Este era mi séptimo día golpeando puertas, estaba decidido a conseguir mi anhelado puesto. Hacía dos años que estaba sin trabajo. Me había ido a Italia en busca de oportunidades hacía ya veinte años y sin embargo la última crisis me había dejado en la calle. Cuando llegué a aquel país, con más sueños que valijas, la realidad fue bastante más certera que yo y me desparramó de un solo tiro en el piso luego de bajarme a tierra en un aterrizaje forzoso, desastroso para ser exactos. Porque para ser soñador también hay que tener talento, condiciones y actitud. Eso lo aprendí con 19 años y a 14.000 km de mi hogar. Yo solo sabía soñar y a lo grande. Reconozco que me negué a ver más allá de mis propias narices. No hizo falta mucho tiempo para que todo se desvaneciera y la realidad ganara la pulseada. Era un soñador improvisado, a vela y sin motor. Al poco tiempo abandoné todos mis sueños y con ellos mi esperanza, pero fui sensato, retome mi oficio de carpintero heredado de mi abuelo. Logré un trabajo estable y un buen puesto en una empresa en la cual trabajé hasta que me despidieron.
Volviendo a casa ese mismo día, pasé por enfrente de una de las mansiones que había ayudado a construir como supervisor de carpintería. Siempre estuve enamorado de aquellas ventanas de madera maciza, hábilmente confeccionadas con sus detallistas molduras y sus exquisitos encastres. Sin clavos ni tornillos visibles. Una obra maestra cada una de ellas.
El verdor del jardín se extendía por las paredes diluyendo el límite entre el afuera y el adentro. No pude evitarlo y me quedé mirando embelesado mientras el tiempo pasada a mi alrededor y sobre mí, tal vez soñando, tal vez dejándome llevar por la brisa primaveral y las promesas de la vida mejor que nunca obtuve.
CUARTA PUERTA. VER
Revoloteó por dentro anhelando el afuera y chocó incontables veces contra la misma pared de vidrio que lo mantenía alejado de su libertad. Sintió cómo se iba secando por dentro pero no dejó de luchar, o eso creyó que hacía cuando en realidad solo volaba en círculos, diminutos y frenéticos, sin principio ni fin, sin descanso, ni tregua. Resistir, pelear, sin plan ni estrategia, en carne viva y sin defensas ¿Eso es volar o es suicidio involuntario? Jamás se lo cuestionó, fiel a su naturaleza se limitó a volar.
Exasperante y agotador fue aquel momento. Lleno de todo pero vacío sin él para vivirlo, porque él no estaba en aquel momento, solo estaba su desesperación por salir de donde fuera que estuviera. Tal vez si se hubiese detenido antes hubiera visto la salida, pero cuando finalmente lo hizo ya era tarde, estaba agotado y resignado. Simplemente ya no pudo seguir, todo se volvió oscuro dentro de él. Buscó un lugar lo más alto que pudo y allí se quedó quieto finalmente.
QUINTA PUERTA. ABRIR
Miré a mi alrededor, lejos en una de las puertas aún se escuchaban las voces de mis entrevistadores. Por un momento me sentí atrapada y aquellas voces me aterraron. El corazón me latía con fuerzas. Sentí que eran más de mis carceleros que de mis futuros jefes -si acaso la entrevista arrojara saldo positivo.
Observé a mi alrededor tratando de serenarme y pensé que aquel pasillo bien podría ser una cruel metáfora de mi vida, porque cuando todas las puertas se cierran la vida se transforma en eso, un pasillo monótono y abrumador que solo te permite transitar como perdurando. Con cada puerta cerrada cae abatido un sueño que deja de aletear alegremente para bajar en picada y estrellarse dejando tan solo despojos. Despojos que poco a poco desaparecerán bajo la sumatoria de sucesivos despojos, de sueños muertos en batalla, la batalla de la vida.
Dejé de delirar y me concentré en el sonido tras la puerta. Le pedí a Dios que me ayudara, sabía que yo estaba ahí por algo más y que debía intervenir. Ese sonido exasperantemente delicado y constante me carcomía el alma, era un claro pedido de auxilio. Yo estaba en el lugar justo, en el momento adecuado. Había escuchado y no podía cruzarme de brazos. Todo tiene una razón aunque a veces no logremos adivinarla, por algo sería imaginé, no existen las casualidades. Sabía que seguiría mi intuición, aun a riesgo de equivocarme groseramente.
Me retiré para pensar con perspectiva y entonces vi una pequeña llave asomando debajo del felpudo a los pies de la puerta. La suerte estaba echada.
SEXTA PUERTA. ELEGIR
Ensimismado en aquellas ventanas me detuve y me senté en un banco que estaba en una placita frente a la casa. Ya no tenía más entrevistas a las que ir y sentía que era un buen momento para pensar. Estaba resuelto a recomponer mi situación pero ¿estaba seguro de lo que quería u otra vez estaba intentando cumplir con lo esperado olvidándome de lo querido?
¿Que era la vida para mí? ¿Un conjunto de logros? ¿Un conjunto de días? ¿De afectos? ¿Un puñado de anhelos? ¿De experiencias más o menos emocionantes? ¿Que era para mí la vida además de un largo peregrinar descalzo pero con equipaje pesado? Tal vez tenía todo lo que quería –al menos lo más importante- pero ¿había querido bien? ¿había depositado en el lugar correcto mis expectativas? Como fuera estaba seguro de que en esta etapa mi vida no aceptaba concesiones ni miradas caritativas, tampoco lupas ni rigurosos escrudiños.
Seguramente estaba donde debía estar gracias a mi esfuerzo, tal vez no todas las elecciones hayan sido correctas, pero si necesarias. Cada uno de nosotros somos partes de algo más grande y cada pieza es esencial para marcar los ritmos de la historia. La vida me había dado la oportunidad de volver a elegir, necesitaba pensar. Tomarme un tiempo de sosiego y advertir las señales que se gestaban a mi alrededor. Aun inmerso en mis pensamientos vi como una de las ventanas del segundo piso se abría, observé lo que pasaba con detenimiento y sonreí, sentí que aquello era una señal. Un nuevo sueño cobraba fuerza y comenzaba a aletear dentro de mí.
– ¡Ventanas! –exclamé en voz alta como quien canta eureka -¡eso es! Ventanas! Y me quedé en el banco un rato más dibujando mentalmente mi nuevo emprendimiento. Cuando fue tiempo me paré, arrojé en el cesto de basura el último CV que me quedaba y emprendí el regreso a casa.
SEPTIMA PUERTA. VOLAR
Gire la llave, abrí despacio la puerta intentando no hacer ruido y entré en la habitación. Busqué a mi alrededor pero no lograba distinguir qué era aquel sonido ni de dónde provenía, aunque a medida que avanzaba se hacía más intenso. La habitación era hermosa, en una de las paredes tenía un amplio espejo que casi llegaba al techo. Los ventanales eran imponentemente amplios, uno estaba entreabierto. La luz que ingresaba era majestuosa igual que los muebles que cubrían el lugar y el empapelado que era de flores rosadas, blancas y amarillas. En el centro había una pequeña mesa tipo escritorio con un inmenso jarrón repleto de flores frescas. El aroma inundaba la habitación.
Intrigada me agaché debajo de la cama, estaba segura que venía de aquel sector pero no vi nada, seguí buscando no tenía mucho tiempo. Me quedé quieta y en silencio, cerré los ojos y me concentré al máximo. El sonido provenía de una biblioteca muy alta cercana a la ventana, miré por delante y por detrás y finalmente vi asomando apenas, de la parte superior, lo que parecían ser unas pequeñas plumas verdes azuladas. Me encaramé como pude por la ventana usándola a modo de escalera hasta alcanzar aquella diminuta ave. Era un colibrí, lo tomé delicadamente. Inmóvil piaba en un quejido lastimero y mortecino. Lo vi tan pequeño, tan delicado y frágil, pensé que así como él, era la vida en nuestras manos.
Me asomé a través de la ventana con las palmas abiertas, y así me quedé con mi pequeño amigo hasta que el aire pareció revivirlo -o la esperanza de libertad. Y como quien es tocado por un soplo de vida en determinado momento extendió sus alas y se alejó volando grácilmente.
Con sumo cuidado deshice mis pasos y volví al sillón. Treinta minutos más tarde salí de la casa orgullosa de mí por brindarle a dos vidas una nueva oportunidad. Habiendo rechazado la oferta de trabajo me sentía libre y viva como hacía tiempo no me sentía. Finalmente retomaría la escuela y acabaría mis estudios en la universidad. Buscaría un trabajo de medio tiempo, lo importante era que no me había rendido.
Una puerta se abría delante de mí, yo misma la había abierto y la dejaría así para el resto de mi vida, recordando que para hacerlo solo necesitamos encontrar la llave correcta: la esperanza. Quizás el evento de esa mañana me había salvado más a mí que a aquel pajarillo.
Uno de los choferes de la residencia abrió el portón saludándome con cortesía. Apenas lo crucé me di vuelta para ver como la imponente reja se cerraba detrás de mí, no pude evitar sonreír al ver que yo estaba del lado de afuera. ¿Sería una señal?
Frente a la casa un hombre al que yo no conocía, me miró alegremente y me sonrió, “otro loco como yo” –pensé- y seguí mi camino feliz como saltimbanqui, disfrutando del aire en mi cara y del viento bajo mis alas.

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