2. De tenerse
Me hablás mientras hacés el desayuno y me doy cuenta de que no siento nada. Estoy seca. Seca como esas plantas que olvidé al sol. Seca como las hojas que se acumulan en la entrada y jamás barro. Seca como el arroyo que cruzaba bajo el pequeño vado del sendero que iba al pueblo.
Vos sonreís y yo te sonrío. Juego al “espejito espejito” pero sin que te des cuenta. Estás distraído en tus pensamientos. Mientras yo me muero, al tiempo que trato de entender qué nos pasó.
Revolvés el café frenéticamente, chocando la cuchara contra la cerámica, haciendo ese ruido insoportable y chupándola al terminar como si se tratara de un momento cumbre. Pienso cuantas veces hice muecas de desprecio, sin que me vieras, mientras lo hacías.
Como un mago, figura principal de este circo que resultó ser nuestro matrimonio, vas sacando de tu boca metros y metros de historia, en pequeños tramos con colores desteñidos, que caen directo al tacho de basura. Ahí estabas, no sé si justificándote o rematándome. Ambas.
Que no soy yo, que no sos vos, que no es ella, que fue la rutina, que crecimos en caminos distintos. Me paro sigilosamente, harta de escucharte, suspiro, camino hasta el espejo que tenemos en el living y me miro. Tengo la cara despareja de tanto llorar o de tanto no hacerlo, ambas. Un ojo lo tengo más caído. Es la tristeza lo sé, igual que la frustración que se me dibujan en la mirada. Pareciera que las palabras que no me animo a decir fueran jalando de mi de forma asimétrica.
Con todo esto suspendí el turno de la peluquería. Ya tengo como dos centímetros de raíz. El espejo me devuelve una señora grande, gordita y desaliñada, con cara amargada. Las uñas cortas de tanto fregar tu ropa y tus cagadas. Tenés razón, no soy yo ¡hace rato que no soy yo la puta madre! ¿En qué estaba pensando al dejarme abandonada a las puertas de la vida, ocupando el lugar tras bambalinas de nuestra historia y no salir? ¿Dónde aprendí a posponerme? ¿A dejar por delante a todos y a todo para sentirme mejor?
Tengo 55 años y me siento acabada, perdida, fracasada “me cagaste la vida” se me escapa frente al espejo en voz alta. Nos miramos. Lo más triste que mi reclamo no es hacia vos.
Te parás y me abrazás, llorás un poco y me pedís perdón. Los brazos me cuelgan, hago esfuerzo para responder, te palmeo suavecito no sé si para consolarte o pidiendo que me sueltes. Es tan raro estar muerta y respirar. “Tranquilo, voy a estar bien” te digo mientras traigo a mi mente “Las mil formas de morir” el programa que alguna vez miramos juntos (quizás sea de utilidad ahora, pienso para animarme un poco y funciona, sonrío)
No me duele la despedida, ni siquiera la traición. Te miro y pienso que verá tu amante en vos. Hace rato que yo no te veo nada. Eso si me duele… “el rato” ¿Por qué si me pasaba eso no te dejé yo? ¿Por qué me frenó el miedo y la culpa? ¿Por qué me traicioné a mí para ser leal a vos? ¿No es que primero debemos amarnos a nosotros mismos? Lo leí cien veces ¿qué parte no entendí?
¿Y ahora, qué hago? ¡Morite! -grita mi amor propio- ¡perra sumisa y traicionera, me enterraste viva en toda tu mierda! ¡TE ODIO! (mi diálogo interno siempre fue así, muy contenedor)
Por vos no tuve hijos -pienso al borde del abismo que cavé a mis pies estos 25 años- ni mascotas, tampoco amigas, sólo las dos harpías del trabajo que no cuentan, mis viejos ya murieron, va están vivos, pero murieron para mí. “¡Hice todo mal!” me digo aún frente al espejo.
Que irónica la vida. En ese espejo siempre me miraba antes de salir con una sonrisa. El mismo que hace años evito a consciencia porque verme es una bofetada, una crueldad. Al igual que la odiosa balanza del baño que tanto gusto te da a vos, siempre tan preocupado por tu físico, y tanto rechazo a mí. “Hice todo mal” -pienso- y se me nota en el cuerpo.
Bajás la valija, golpeándola escalón por escalón desde el primer piso. Otra vez ahí mi mueca de fastidio. Es el ruido y el descuido lo que me altera, no tu partida. Qué injusta ¿cierto? Te vas y sólo me molesta tu torpeza.
La casa es demasiado grande para mí. Pienso pero no te lo digo, el orgullo me lo impide. Me gustaría que me imaginaras rodeada de gente, en tardes y noches de pura fiesta y jolgorio, pero nada anima a pensar semejante utopía. Soy una mujer solitaria, con la autoestima por el piso, sin amigos ni familia, con un agujero negro en el pecho que se extiende hasta el centro mismo de la tierra y me invita a saltar, a hundirme, a perderme, sin ánimo para nada, respirar es un esfuerzo. Los dos sabemos que una vez que cierres la puerta no habrá nadie más que yo en esta casa o en mi vida.
Lunes.
Toca enfrentar el día. Apago la alarma con el ánimo de una vaca camino al matadero. No quiero salir de la cama, pero no tengo opción. Bajo un pie, luego el otro. Me agarro la cara con ambas manos y la masajeo unos instantes para ver si logro rearmarme.
Voy hasta el baño arrastrando los pies, me da cierto placer escuchar como suenan las pantuflas deslizándose contra el suelo, en una especie de berrinche adulto. Hoy voy a trabajar a reglamento –digo como si me hubiera ganado el derecho a revelarme, a abandonar ese absurdo intento de ser “la empleada del mes”- Me lavo la cara y me miro tratando de entender quién es esa que está del otro lado. Me acerco al espejo hasta verme los filamentos del iris, hoy más grises que nunca. Me señalo amenazante con el dedo índice y me digo: Sara, es hora de mostrar de qué estás hecha. Vamos por el segundo tiempo.


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