3. Volar (parte 2)
¡Por favor salí de mi cabeza! -digo a mitad del viaje, en voz alta, sin darme cuenta- harta de pensarte, de revivir el relato de tu confesión, atando cabos, contabilizando cuántas veces me mentiste, cuánto esperé en vano el tiempo del amor recíproco. Un subibaja se viene a mi mente, sincronizados y a destiempo, opuestos, lejanos. Querría poder hacerme un lavaje de cerebro para avanzar.
La nena que está a mi lado se sobresalta con mi expresión y me mira con unos bolillones negros inquisidores, llenos de miedo. Estoy por pedirle perdón pero ella pone su mano en mi hombro, me baja hasta su altura y me dice muy suave al oído:
-¿En tu cabeza también está?
-¿Quién? No creo que sea la misma persona… o cosa -le digo un poco confusa- ¿Cómo se llama “eso” que está en la tuya? El mío se llama Dante.
-No sé. Sólo conozco su voz -me dice en secreto al oído haciendo túnel con su manito para que nadie escuche. Luego se aleja, al tiempo que pone un dedo en su boca en señal de silencio y mira de reojo a la abuela.
-¿Cómo te llamás? Le pregunto para cortar ese momento incómodo.
-Maia ¿y vos?
-¡Qué lindo! Nunca había escuchado ese nombre “Maiayvos”
Se ríe ruidosamente -¡Nooooo! Mi nombre es Maia, así solo… te pregunté cómo te llamás vos.
Verla reír me enterneció. Parecía que aquella broma inocente había alejado por un rato eso o ese que la venía acosando.
-Sara me llamo. Mucho gusto Maia. Me encantan tus rulos y tu pollera con lunares. ¿Si un día salimos me la prestás?
Otra vez su estallido de risa y esas manos gorditas tapándole la cara. Su inocencia, su ternura, te transportaban a otro universo, me sentí por un instante Alicia en el país de las maravillas. No pude evitar pensar de lo que me había perdido en tantos años de asumir callada, el destino que otros habían fijado para mí.
-¡Sos muy grande! ¡No te va a quedar!
-Ufa tenés razón. Está bien, está bien. No pasa nada. ¿Seguro no me queda decís? Le pregunto pensativa.
Ella se arrodilla en su asiento para quedar a mi altura, me agarra la cara y me mira a los ojos como buscando algo en ellos, para luego dejarse caer desilusionada.
-¿Que pasa Maia? ¿Dije algo que te molestó?
-No, es sólo que… quería probar si podía ver al que tenés en tu cabeza. ¿Vos tampoco ves al mío verdad? Me dijo acercando su cara y abriendo grande sus ojos.
Hice como que me fijaba, así se quedaba tranquila. –No veo nada tampoco yo.
-Si me imaginé, necesito descubrir quién es para ayudar a la policía a encontrarlo, se me aparece en sueños feos -dijo con la mirada perdida como recordando algo horrible y se tapó las orejas al tiempo que cerraba con fuerza los ojos intentando sacarse la imagen de encima- me da mucho miedo –agregó- a veces no me quiero dormir. Se dio media vuelta, se recostó sobre su abuela hecha un ovillo y cerró los ojos.
Se me cayó el alma al piso ¿Por qué una niña tan pequeña tendría que lidiar con algo así? Vida ¿por qué te ensañás con nosotros simples mortales?
A esta altura la cabeza se me partía. Iban cayendo en desgracia partes de mí como pinitos en un strike, corazón, estómago, intestinos, cabeza y la lista seguía. Busco un antídoto en la cartera, tenia valium, ibuprofeno (ya probé, no calma ese tipo de dolor) cigarrillos, no se puede en el avión. Lástima no viajar en primera, me hubiera pedido un whisky. Trago como puedo el valium. Podría haber optado por golpear la cabeza contra el asiento hasta que salieras de ella, pero detesto llamar la atención. Cierro los ojos diciéndome “ya pasará, un día te reirás de esto”
Me despierto con la voz de la azafata. “Señores pasajeros, nos aproximamos al aeropuerto de México. En minutos más comenzaremos el descenso. Les pedimos que por favor permanezcan en sus asientos y se abrochen los cinturones…” Maia se pasa por encima de Nana con la rapidez de una ninja y le pide cambiar de lugar para poder ver las luces de la ciudad.
-¿A dónde te dirigís querida? –me pregunta la señora
-A Canadá ¿y ustedes?
-Nos quedamos acá, en México. Venimos a pasear y a visitar a un viejo amigo.
-¡Qué lindo es México! Disfruten mucho, el sol y el aire nuevo les va a hacer bien a ambas.
-Gracias, si… ojalá haya sido la decisión correcta. El tiempo dirá.
Luego del descenso, ayudo a Nana y a Maia a bajar sus bolsos. Vamos charlando con la abuela todo el trayecto, hasta el sector donde entregan las valijas. Parecía una mujer encantadora. Maia iba de su mano, distraída mirando todo y dando saltitos de felicidad con cada cosa nueva que le llamaba la atención. Al separarme de ellas sentí una especie de nostalgia. Nos abrazamos como si fuéramos familia, en esas escasas horas que coincidimos esa pequeña había logrado hacerse un lugar en mi corazón. Las miré alejarse por el pasillo, Maia se dio vuelta varias veces para saludarme con su mano. Yo me quedé inmóvil en el mismo lugar hasta perderlas de vista.
Restaban un par de horas para el trasbordo, así que decidí
entrar al Free Shop para distraerme. Caminé por las góndolas sin idea de lo que
realmente hacía ahí hasta que me topé con Sullivan. Ese peluche monstruoso era
la señal que necesitaba para darme cuenta de que no podía dejarla ir así como
así.
Cruzarme con esa niña había significado mucho más para mí que una simple casualidad. A través de ella pude ver cuántas cosas había dejado de lado en mi vida, convirtiéndome en una espectadora, una extra de mi propia existencia. Ambas luchábamos contra algo difícil de exorcizar y eso también nos unía. Tal vez yo podía ayudarla, dejar entrar un rayito de sol en su realidad como ella había hecho con la mía, al menos debía intentarlo. Agarré el muñeco, fui hasta la caja, le pedí un bolígrafo indeleble, pagué todo y salí corriendo para la zona común.
Con el corazón a punto de explotar –“el lunes arranco”- llegué hasta el hall de salida y ahí las encontré mirando los monitores inteligentes en donde estaba la información de las líneas de colectivos, subtes, combinaciones y mapas.
-¡Maia! Grité desde lejos por miedo a que se me escaparan. Ella levantó la cabeza y vino corriendo hasta mí con los brazos abiertos. Me arrodillé para esperarla también con los brazos abiertos, parecíamos protagonistas de una cursi escena romántica. Amé su inocencia y su entrega, me trajo a la mente a mi catequista cuando decía que en cada niño estaba Jesús, pensé si Él también me recibiría algún día así, con los brazos abiertos.
-Maia, tengo algo para vos. ¿Lo conocés? –le pregunto al tiempo que le muestro el peluche azul eléctrico, personaje principal de una película de Pixar.
-Sí, Gatito.
-Exacto “chica lista” -Maia sonríe, porque es la frase de una escena donde aparece el personaje- Él es Sullivan, el mejor asustador de Monster inc. ¿Y te acordás qué hace con el monstruo que asustaba a la nena por las noches?
-Sí, le hace pim, pam, pum –lo dice acompañándolo con ademanes de boxeo compenetrada en la escena- lo manda muy muy lejos y después destruye esa puerta para que jamás pueda volver a molestarla.
-¡Muy bien! Hablé con Gatito y le dije que te cuide, él es mi amigo. Pero para que él pueda hacerlo vos tenés que pedírselo cada noche antes de dormir. Le vas a decir que mantenga lejos a ese que te asusta en los sueños. Que le haga “pim, pam, pum” y destruya la puerta así no vuelve a molestarte. ¿Lo vas a hacer?
Maia bajó y subió la cabeza varias veces en señal de aprobación, sin desviarme la mirada. Sus ojos en ese momento parecían infinitos, como si no tuvieran fondo ni ellos ni su tristeza. Estiró la manito y agarró el muñeco, lo miró por un instante y se tiró encima mío dándome un abrazo de a tres que sentí eterno.
Cuando finalmente me soltó, tomé el fibrón indeleble, le pedí permiso y le escribí en la base de la patita del peluche mi número de teléfono.
-Quiero que me llames –le dije- Cuando me necesites, cuando no me necesites, cuando estés aburrida o cuando te dé la gana, cuando vos quieras me llamás que yo voy a estar. ¿De acuerdo?
Asintió con la cabeza, me dio un beso y se fue corriendo con su abuela. Desde lejos me regaló una última sonrisa llena del amor.


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