Devorar los miedos


 

Como el cuco que busca devorarnos en mitad de la noche, al acecho debajo de la cama o detrás de las puertas, así quiero yo devorar mis miedos, mis prejuicios y mis frenos.

Quiero antes de morir correr escaleras abajo sin barandas, subirme a la bici y pedalear a toda velocidad, dejarme llevar a la vuelta de la esquina por esa pendiente tentadora y recorrerla sin frenos con los brazos levantados, sólo sintiendo el viento en mi cara y la luz del sol cubriéndome.

Porque ¿de qué me sirve el miedo si no es para crear límites imaginarios que me aíslan y me encajonan? ¿Qué me importa del después si hoy cierro una puerta más? De espalda a ella y aferrada al picaporte pienso: “¿y qué pasa si la abro?” “Allí del otro lado está tu miedo” –me respondo con el tono justo de la obviedad. No me importa. Agarro cuchillo y tenedor y me dispongo a devorarlo y cuando abro: la sorpresa. Ya no está. Sí, es así, el miedo sólo existe el tiempo que le damos vida.

Me gusta mirar a mis miedos de reojo cuando paso, para no desviarme y seguir mi camino. El miedo de volver a ser quien era, la que no era feliz, la que no vivía, la que no elegía, la que solo hacía, la que esperaba, la que no sabía, la que no podía, la que no entendía. Esos son los miedos que dejé al costado del camino, los que dejé atrás. Los miro para recordar de dónde vengo y hacia dónde voy. Y a los que se me cruzan de frente, también los miro y los respeto. Los estudio, les busco el talón de Aquiles y les doy cortito y fuerte, para que caigan rendidos a mis pies y se sometan. Correr por sobre ellos y dedicarles una sonrisita burlona mientras pienso “ni se te ocurra volver a ponerte en mi camino”.

De todas formas no me confío, yo sigo entrenando, para esquivarlos y mantenerme lejos de sus garras, independientemente de su tamaño. Por ahora vamos bien. Pero suelen mutar, golpearte por detrás, incluso seducirte, no tienen escrúpulos. Prefiero estar atenta.

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