Caminé

 


Caminé como quien no sabe. Arrastrando durante el día un peso muerto, indiferente, sordo. Disimulando el hastío, la vergüenza de no sentir la gracia. Viviendo la vida de quien es feliz.

Al llegar la noche dejé junto a la cama eso que venía sosteniendo, me saqué los zapatos, me llené de preguntas. ¿Qué estoy haciendo? ¿Qué quiero? ¿A dónde voy? ¿Qué cambiaría? ¿Soy honesta? ¿Con ellos? ¿Conmigo?

Sentí esa tristeza fría, muerta, esa que está, que ensucia todo, pero no termina de romper, ni de matar. Leí un par de páginas. Apagué la luz y me acosté con el pecho hacia abajo, apoyado contra la almohada, intentando llenar el vacío, suavizando la presión, y me dormí.

Al día siguiente me desperté, escribí estas líneas y me pregunté cuánto tiempo más seguirá adormecido mi dolor, mis ausencias, mis carencias. Cuánto tiempo más podré contener en su corral mi manada de momentos y experiencias no vividas, esas que me van quedando en saldo, esas que no existen pero están tan presentes. Los sueños olvidados, los besos que jamás di, las montañas que nunca conocí, ni conoceré.

Siento que la vida es larga, sin embargo es más lo que no viví que lo que sí.

Quisiera poder elegir al azar una y otra historia de esas que no conté y vivirlas, como quien se sumerge en un libro. O simplemente poder aquietar su bullicio, sus reclamos, “a mi jamás me hiciste realidad” “me lo habías prometido y te olvidaste” “¡Cobarde! ¡Aún hay tiempo!” “¡Ven, búscame, crúzame, cómprame, sedúceme, pídeme, anímate...!”

Esas voces escucho en mi cabeza cuando la vida no me llena, cuando me desgarran los días no vividos, cuando la arena del reloj pareciera un tsunami que me arrasa y me tiene entre las cuerdas.

 

    Vida, no seas cruel, perdóname, no eres tan fácil, no soy tan sabia, ni valiente. Nado en tus aguas sacando la cabeza cada tres, me dejo llevar y lo soporto, sólo cuando tienes el atino de callar, y no decir lo que sabemos.


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