Cosita Linda
Se divertía con cosas simples, se emocionaba con gestos insignificantes. Su voz por momentos me recordaba a los dibujos animados y eso le hacía justicia. Todo él era un personaje Cartoon.
No sabía de grandes gestos. No regalaba flores, ni bombones, ni osos de peluche gigantes adquiridos en el tiro al blanco de una feria. No escribía notas, ni preparaba cenas románticas. Tampoco sabía defenderse de mis enojos. Él sólo atinaba a poner ambas mejillas y yo, al verlo indefenso, no podía más que besarlas.
Él desarrollaba mi sentido del diálogo. Su bondad me obligaba a elegir con cuidado las palabras para que encajaran con su estilo sutil y medido. “Sos malita Cosa Linda” me decía cuando estaba molesta, y un dejo de sarcasmo se me escabullía sin poder frenarlo a tiempo. Me resultaba imperdonable ese tipo de actitudes hacia él, así que me había entrenado a consciencia para sólo visualizar sus dos facetas más admirables; su capacidad de amar, su incapacidad de lastimar.
Él había llegado en el momento más árido de mi invierno antártico. Ese día particular en que me escribió, yo me encontraba parada en medio de la inmensidad blanca, toda vestida de negro, con vientos de nieve azotándome hasta transformarme en un punto gris difuminado.
Su mensaje me encontró juntando pedazos y pegándolos de manera desordenada, cumpliendo condenas ficticias por errores del pasado y sintiendo una soledad de 50° bajo cero, que me había cristalizado hasta los huesos. Así que cuando se hizo presente, me zambullí sin pensar en su ternura y me aferré a su tabla de salvación cual Rose durante el naufragio del Titanic.
Él fue mi oasis. El maestro que vino a enseñarme a los besos que el amor también puede ser bueno y sano, el samurái que dejó sus espadas afuera y se dedicó a sacarme las espinas, que encendió el fuego y me bañó con agua tibia para quitarme ese frío de infancia.
No salvó mi vida, eso sería exagerado hasta para mí, pero me sostuvo y me acompañó durante las mil y una noches de soledad. Tomó mi mano cuando el viento del espanto parecía volarme. Él fue ese tiempo feliz dentro del tiempo oscuro, que lo hizo más llevable.
Neruda decía “si nada nos salva de la muerte que al menos el amor nos salve de la vida” Estaba salvada, esos instantes me salvaban. Fue mi medicina sin pretensión de curarme. Fue mi tratamiento paliativo cuando me creí condenada. Y fue ese parámetro alto que me permitió no bajar a nivel de amores perros. Él fue la prueba de que no está muerto quien vibra. Él me reconstruyó a base de revoque fino y detalles, como una casona vieja y destartalada a quien un arquitecto hábil rescata su belleza y la deja reluciente. Él fue el mensaje de esperanza cuando creí que ya no había nada que esperar. Mi mate cocido con pan, mi chocolate bajo la almohada.
El día que me dijo que se iba lo abracé fuerte, le dediqué una sonrisa, y le abrí la puerta resignada. Siempre supe que estaba de paso, como los vendedores ambulantes de la antigüedad, que iban a pie, pueblo por pueblo, llevando sus tesoros a quien los necesitara. Siempre lo supe, así que vivía cada instante como si fuera el único, el último, agradeciendo a Dios cada nuevo encuentro, rogando que alcanzara para terminar de formatear mi chip añejo de amores gastados y mediocres. En mi interior él fue un mensaje enviado en carne y hueso por una horda de ángeles de la guarda, más porfiados que yo, que cansados de verme sufrir y perder, decidieron darme una prueba de vida.
Siempre
que hablamos de lecciones se nos vienen a la mente aprendizajes dolorosos, a
los golpes. “Son maestros” te dicen de los carniceros, brujas y
descuartizadores, de las enfermedades, las pérdidas y las situaciones
dramáticas. ¿Pero alguna vez pensamos en esas lecciones amorosas? ¿Las personas
que a tu enojo devuelven una sonrisa y te enseñan la paciencia? ¿El amigo que
te ofrece tiempo, dinero, asistencia y te enseña a dar hasta que duela? ¿Al que
te sede el lugar en una fila porque ve tu urgencia o sólo por hacer el bien? ¿Alguna
vez reparamos que nuestros mayores maestros son aquellos que usan de sala de
estudio su propia alma? Enseñar desde el amor y aprender desde el amor, deberían
ser el plasma rico por el que navegue nuestro aprendizaje. Y lo demás, que
también lo hay, tan sólo escollos a atravesar dignamente.

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