Desmoronarse
Las papas se cayeron al suelo, como el punto de la A de aquel trabajo colocado unas horas antes. El cadete que llamé nunca llegó, como tampoco lo hizo la respuesta a aquel WhatsApp tardío que envié. Mi auto apareció repleto de excremento de paloma y olvidé comprar eso, que no recuerdo que era, pero que necesitaba con urgencia. Fui invisible para algunos y motivo de enojo para otros. La impotencia se adueñó de mí.
Traté de remediar el día con una cena
improvisada adquirida en un carrito de la costanera, pero seguro me equivoqué y
pedí en un tren fantasma, porque la atención fue de terror.
A esa altura mi sonrisa era una mueca
forzada, con trozos de desazón apelmazada entre los dientes ¿qué me estaba
pasando? ¿Podía todo salir mal?
La euforia de días pasados se había
esfumado, el viento a favor había cambiado de dirección y toda la
sincronización del universo parecía estallar en mi cara. Un mar de
pequeños contratiempos comenzaban a acumularse, haciendome pensar si no eran
señales anticipadas de una catástrofe grado 11.
Trato de serenarme. “Nadie me regaló nada”
-pienso- “Si debo retroceder mil casilleros, hasta el principio mismo del
tablero, empezaré de vuelta. Y lo haré Incluso mejor” “La mala suerte no puede
robarte, lo que la suerte por si sola no te dio” digo en voz alta intentando
convencerme.
Me sacudo cual perro mojado esa sucesión
de pequeños infortunios y acepto con cierta benevolencia, que a veces hay malos
días, o mejor dicho, días buenos en que tomamos malas decisiones. Esta
reflexión calmó mi miedo, lo volvió manejable y obediente. Más tarde, ya
tranquilo, se escabulló debajo de la cama, de donde sabe tiene prohibido
salir.
Agotada, pero relamiéndome todavía el
dulce sabor de la victoria, me dejo caer sobre el colchón pesada y sosa como acróbata
retirada. Con el último vestigio de energía, me asomo bajo el sommier para
verlo descansar, tan pequeño ahora, tan mancito, pensar que hace rato cubría
toda la casa y teñía mi futuro de negro azabache.
No hay que dejar crecer los miedos -pienso
mientras vuelvo a mi lugar- hay que tenerlos cortitos, y nunca, bajo ningún
aspecto, alimentarlos después de las 12.


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