La vida y la muerte
Nada parece tan claro como cuando te enfrentás con la muerte. Mientras acompañaba a mi madre en su último tiempo, empecé a pensar en mi propia existencia y en lo que estaba haciendo con ella. Hasta ese momento yo creía que desangrarme era la única forma de vivir y de acceder a los premios. Frases como “nada se logra sin sacrificio” o “siempre se puede” eran picoteos constantes de ese pajarito macabro que jamás se callaba en mi cabeza y que, a medida que le exigía a mi cuerpo, a mi espíritu y a mi mente, más fuerza cobraba. En ese tiempo me encontraba sin tiempo, pensando cómo haría para disponer de una tarde para ir al médico, o cómo me las arreglaría para arrancarle unas cuantas horas al día para cuidarla. Sin embargo cuando empeoró, las prioridades cambiaron mi manera de acomodar las fichas y todo cayó por su propio peso. Dije “basta”, delegué, y sólo me enfoqué en ese reloj de arena que hacía su odiosa cuenta regresiva. Recuerdo un día 15 años antes haber pensado: “si...


